| El Capitan Buleje, segunda parte - Don Jorge, sepa usted que el día que más miedo he tenido, no ha sido cuando estuve apagando incendios pavorosos, ni rescatando a gente de entre los fierros retorcidos de los vehículos accidentados. - Le cuento que no cumplía aún los 50 años. Yo me había casado joven y mi señora era una mujer muy buena, seria y muy rigurosa con los horarios. Yo nunca le he faltado el respeto a mi señora. Siempre cuando salía del trabajo, me iba a una posada que quedaba cerca de la Compañía de Bomberos. Allí tomaba un café y me servía mis cachangas, hasta que un buen día apareció en escena una sobrina de la esposa del dueño. Era una negra joven que venía de El Carmen, allá en Chincha. Su familia era muy pobre y la negra Carlota -que así se llamaba- necesitaba trabajar. - Sucedía, Don Jorge, que cada día que yo iba al café, venía a atenderme la negrita. Ella me miraba con sus ojos grandazos y me regalaba una sonrisa. En una oportunidad me fui uniformado y ella me dijo – “Qué bonito le queda el rojo, señó”- y cada vez que pasaba entre las mesas, recogiendo las tazas vacías, topaba su trasero con mi brazo o mi hombro y me sonreía. Tantas veces ocurrió aquello, Don Jorge, que se me puso la cabeza caliente. Por las noches me dormía pensando en el poto torneado y durito de Carlota y en sus senos firmes que parecían apuntar al cielo. Hasta que un día tomé una decisión: me fui al mercado y compré un calzón y un sostén rojo, lo guardé en el bolsillo de mi pantalón y saliendo de trabajar me fui como siempre a tomar mi café. Esperé que la gente se fuera del local. Entonces, cuando se acercó la negra a recoger mi taza de café, la tomé de la mano y sucedió este diálogo: - Tengo un regalo para usted, Carlota. - ¿ Y po qué me quiere regalá uté, si hoy no celebro santo? - Pero no es necesario el santo de uno para recibir un regalo, usted lo merece por ser tan linda. - Bueno, y ónde etá ese presente, pué! - Te lo voy a entregar hoy a las ocho de la noche, en el cañaveral, detrás de la parroquia vieja. - Carlota me miró con ojos de complicidad y asintió con la cabeza. Recuerdo ese día, Don Jorge, como si fuese hoy; era jueves y a las ocho en punto apareció la negra. Meneaba sus caderas y traía en su mano derecha una rama seca. Con ella iba arañando las paredes de adobe para guiarse por donde pasaba mientras se acercaba al lugar de la cita. - Al fin llegó donde yo estaba. Nunca pronunció palabra alguna. La tomé del brazo y la llevé impulsivamente entre las cañas allí donde todo era más oscuro. Tomé su rostro redondo con mis dos manos, ella me miraba con sus hermosos ojos que se humedecían al igual que nuestros cuerpos. Estaba nervioso, la besé en los labios y me sentí tan raro... Después de tantos años besaba en los labios a una negra joven, como cuando yo mismo era un negrito enamorador. La negra Carlota aceptaba dócilmente mis requerimientos, la llevé con suavidad y la acosté sobre la grama seca; con cuidado le quité su vestido lentamente, y me quedé observándola. Su cuerpo desnudo brillaba bajo la luna llena. Nos amamos tantas veces que no recuerdo cuantas… Nunca nos dijimos nada ni nos prometimos nada a cambio; sólo disfrutábamos compartiendo esos momentos de pasión sin límite, instantes inolvidables y maravillosos. Cada vez que terminábamos nos acostábamos boca arriba, observando la luna llena mientras recobrábamos el aliento. - Esa noche nos amamos tan intensamente que perdí la noción del tiempo.Antes de que Carlota se vistiera saqué de mi bolsillo su regalo y se lo entregué sin dejar de acariciarla. Ella se puso el calzón y el sostén nuevos emocionada y me agradeció con un último beso. |