| El Capitan Buleje, tercera parte - Tomamos cada uno el regreso a casa. De pronto, en un acto impulsivo miré mi reloj y comprobé que era casi la medianoche. ¡ Dios mío! Recordé que era jueves y ese día constituía una costumbre de años en mi casa servir a las nueve de la noche frejol colado, junto a toda la familia. ¡Carajo, Don Jorge! comencé a correr para llegar a casa. Estando aún a media cuadra vi a mi señora que me esperaba parada en el marco de la puerta. Entré de golpe. Mi mujer me observó de pies a cabeza y me preguntó mirándome a los ojos – “¿ Y se puede saber de donde viene usted?”. Así, todo despeinado y con hojas secas pegadas a la ropa, se me hizo un nudo en la garganta, Don Jorge. Imagínese el miedo que podemos sentir de perder a la esposa después de tantos años, por un acto impulsivo, culpa exclusiva de uno. Instintivamente me pasé la mano por el pelo y con la otra mano quise sacar mi pañuelo, pero el diablo a veces se mete dentro de uno, aunque no sea nuestra intención provocarle. En lugar del pañuelo… ¡saqué el calzón viejo de Carlota!. Me lo había guardado como un trofeo, pero en ese momento de alta tensión no me acordé de ello en absoluto. - Dicen que los peruanos somos ingeniosos. No sé como cobré ímpetu y empecé a hablar… Las palabras salían solas y con mucha seriedad y tono grave llegué a decirle: “Mujer, usted me conoce a mi de tantos años… yo nunca la he defraudado. Me ofende al dudar de mi, vengo ahorita de ayudar a una familia en desgracia que se le derrumbó su techo de cañas viejas, ese es el motivo por el que llego tarde y sucio”. “¿Y el calzón?” – retrucó mi mujer. “El calzón lo encontré tirado por ahí y lo guardé para limpiarme los zapatos”, le contesté en el límite de mis posibilidades. - La señora me quedó mirando y tras una breve pausa me dijo: “Yo quiero creerle a usted Buleje, pero si me quedo con la duda hoy, dudaré toda mi vida.. .Así que esta noche, en la cama, yo le voy a examinar a usted los cojones”. - Entonces, Don Jorge, me fui al baño a hacerme el aseo antes de acostarme. Al lavarme la “cuestión” emanaba un fuerte olor que me había dejado la negra Carlota. Yo no sé si sería mi imaginación, pero sentía que cada vez olía más fuerte. Busqué tras el espejo y encontré dos mejorales, gasa y mentolathum. Entonces, después de lavarme tantas veces sin resultado aparente, como último recurso me unté mentolathum en todo el miembro y me acosté. Al rato vino a acostarse mi mujer y me dijo: “No sople la vela Buleje”, y comenzó a tantearme, en la penumbra, mientras yo encomendaba mi alma a Dios y al diablo. - A continuación, don Jorge, sucedió un milagro en Casma: el pene comenzó a arderme por el mentolathum y las caricias de la señora, por lo que se me infló rápidamente como cabeza de tramboyo. Ella se me trepó y se metió un clavado como de trampolín olímpico en medio de un gemido placentero mientras con palabras entrecortadas decía “¡quema!, ¡quema carajo!”. Estuvo gimiendo como media hora. Cuando acabó, al fin se echó sobre mi pecho y me dijo: “Perdóneme, Buleje, por haber dudado de usted. No sé que pasó, pero hoy día usted ardía de deseo. Será que últimamente está apagando muchos incendios, como que le ha ido calentando la sangre...no?”. “Está bien, mujer, la perdono -le contesté– pero nunca más dude de mi. Le comento también.. me parece que hoy me picó un bicho y por eso me eché un poco de mentolathum en el miembro”. “Será eso tal vez”, dijo la señora. Y se durmió feliz y contenta mientras que yo también caía rendido pero profundamente aliviado. - Al día siguiente me despertó mi hija y me dijo: “Pá, dijo mi má, que lo despierte, se sirva usted su desayuno”. Me fui a la mesa y vi un enorme plato de chicharrones, algo que sólo se servía en casa en ocasiones especiales. - Mientras desayunaba, hambriento, le pregunté a mi hija: “¿Dónde está su mamá?”, y ella me contestó: “se fue al pueblo a buscar botica”. “Qué ¿alguien está enfermo?” le dije. “No -contestó ella- dijo que necesitaba urgente un mentolathum grande, no sé para qué”. Y aquí termina esta historia. Antes de irme de Casma me acerqué a la Compañía de Bomberos, a despedirme de Buleje. Él estaba ocupado, hablando por la radio a Lima; solamente nos despedimos con un gesto, haciéndonos adiós con la mano. Cuando había avanzado una cuadra aproximadamente volví la mirada mientras me acomodaba la mochila sobre los hombros y vi que Buleje salía a la puerta del local y encendía un cigarrillo, erguido, mirando al frente. A sus espaldas su Compañía de Bomberos y él formaban una sola figura sobre el paisaje… FIN |