2.- En el territorio de las invictas [Jennifer] Sí, habría podido equivocarme con ella; si la hubiese visto antes en otro lugar; tal vez hasta habría podido enamorarme perdidamente de ella y juzgarla como una muchacha que podría hacer cualquier cosa menos trabajar en eso. Recuerdo que la primera vez que la vi —en un cambio de guardia— me la quedé mirando largo rato, con la boca abierta, pensando en que tal vez no era tan listo como creía, y que sería tan fácil que una mujer como ella me pudiera engañar con el cuento que era una chica de su casa (seguramente, esa ingenuidad de la que no me había percatado, explicaba lo que me había pasado con Rosita, después de todo). Era el brillo de sus ojos lo que más me sorprendió; a comparación de las demás que podían echarse brillo en todo el cuerpo, pero sus ojos siempre estaban apagados, como si estuvieran durmiendo para no darse cuenta de lo que hacían. Cualquiera que haya visto a Jennifer deslizarse por los pasadizos de ese prostíbulo, habrá podido experimentar un sentimiento de inferioridad por su sola presencia, como si ella sola bastase para comprobar la grandiosidad de una mujer; de tal forma que uno debiera sentirse satisfecho con el solo hecho de observar pasivamente la voluptuosidad de su cuerpo, extasiarse con la abundancia generosa de sus carnes, o perder el juicio por sus lascivas sinuosidades; pero a su vez, aceptar la desazón por no poder poseer esa existencia por completo, ya que nunca habrá hombre capaz de decir que ha poseído a esa mujer, pues no existe un hombre con la suficiente grandeza como para someter todo el exuberante cuerpo de esa mujer. Y Jennifer lo sabe, y por eso sus ojos brillan de esa manera, a diferencia de las demás, sabe que ella no se entregará a nadie, que jamás habrá alguien que declare, con sinceridad, haberla poseído, porque ella escapa de la dimensión limitada de cualquier hombre. Es por eso que no siente vergüenza de hacer lo que hace, porque ella sabe que todo eso no es más que una ficción que algunos en toda su ingenuidad creen que es real. Cuando estuve dentro del cuarto de Jennifer, fue como si hubiese estado flotando en las nubes o perdido en un sueño; todo ocurrió como en cámara lenta, hasta desnudarnos no sentí el golpe en la conciencia que su cuerpo desnudo puede ocasionar a cualquier hombre. Su piel color mate, con algunos tatuajes desperdigados, me estremeció y me hizo pensar en que a veces la realidad puede parecerse tanto a un sueño. Sobre la cama, se puso de rodillas y se inclinó a ponerme el preservativo; mi erección no tardó apenas sentí su caliente boca succionármelo; su pequeña cabeza iba y venia hacia mi cuerpo, mientras veía su estrecha espalda y la abertura de sus prominentes nalgas en el espejo. Se echó sobre la cama, y le pedí que se pusiera al borde; abrió sus largas piernas y pude por fin verle su sexo, donde todo hombre quisiera establecerse por siempre —o simplemente permanecer allí oculto, hasta el amanecer—. Se lo metí lentamente y comencé a ir y venir contra su cuerpo; pensé que eso sería la gloria para cualquier hombre, pero no lo sentí así, fue en ese momento que me convencí de toda la grandeza que jamás ningún hombre podría comprender. Puse sus largas piernas sobre mis hombros y arremetí con fuerza, sus pechos se movían ante cada sacudida, volví abrir sus piernas y me pegué a su cuerpo caliente, y sentí un suave perfume; vi sus oscuros pezones, y pensé que cualquier hombre le hubiera gustado alimentarse de esos pechos —o simplemente quedarse dormidos entre ellos, también hasta el amanecer—; cuando empecé a sentir una monotonía le dije que se diera vuelta. Ahora que recuerdo mis pies jamás se despegaron del piso, quizá pensaba que no podía seguir el ritmo de esa mujer, o tal vez ya sentía que era bastante ofensivo que un hombre ocupara la misma cama que Jennifer. Me enseñó la abertura de sus voluptuosas nalgas, y yo me acerqué viendo aquel orificio que ella negaba; la agarré de las nalgas, me entretuve en uno de sus tatuajes, y le di con fuerza. Por un espejo lateral miré el largo cuerpo de Jennifer, ella también volvió a verse, y nuestras miradas se cruzaron en el espejo; yo tenía que convencerme de que penetraba ese cuerpo, aunque jamás podría decir que lo había hecho en realidad, y ella tal vez se convencía de que otro hombre más creía poseerla, cuando ella jamás se entregaría a nadie. Hice que volviera a ponerse boca arriba, al borde de la cama, y volví a poner sus piernas sobre mis hombros, me acerqué flexionándola, con fuerza, y después de unas cuantas sacudidas, acabé. Cuando salí encontré a Hiro esperando mi comentario sobre Jennifer; claro que le dije que si quería entrara con ella, pues no se iba arrepentir. Pero no sé por qué él nunca quiso entrar con ella —¿sería tal vez por aquello que me dijo alguna vez?—. Luego, Beto, se haría tan aficionado a Jennifer que hasta una vez se quedó esperando en la puerta de su cuarto, hasta que el Chino saliera de su inspección de rutina —en esos tiempos cuando en la puerta de Jennifer había una cola más grande que para entrar al Estadio Nacional cuando hay clásico—; yo me mataba de la risa, cuando pasaba por allí y lo veía esperando como un gil, pero el muy serio me diría después que él se había dicho que ese día no se perdería la oportunidad de ver los nuevos pechos de Jennifer (y, después estuvo muy contento y satisfecho, por hacerlo). No me molestaba en lo absoluto que otros disfrutaran los favores de Jennifer; muy diferente a lo que después me pasó con otra chica —de la que más adelante les contaré—, que no quería recomendar a nadie, ni mucho menos quería que alguien conocido estuviera con ella, por lo que llegué a decirle a Hiro que si alguna vez entraba con ella, le rompía la cara —claro, que por joder llegaría a entrar con ella, pero yo no le rompí la cara cuando me lo confesó, porque ya en ese tiempo había dejado de ser un principiante en el ambiente puteril—. A mis amigos no les dije, pero no había diferencia que todo el mundo se acostara con Jennifer, pues ningún hombre podría afirmar haber poseído a esa mujer, ni ella estaría convencida de que alguna vez fue poseída por un hombre. |