[Paola] Puedo decirles que a un tipo como Hiro —putero reconocido y escritor en ciernes—, nunca lo encontrarán si lo están buscando; a él tienes que encontrarlo de pura casualidad. No tiene celular, y cuando quieres ubicarle en su casa, por el contrario te dicen que por favor trates de ubicarlo tú a él, porque hace tiempo no lo ven. A diferencia de mí –que tengo que pasar la vergüenza de mi vida todos los días como dependiente en un conocido supermercado–, Hiro no conoce el trabajo estable y, más de las veces, no conoce trabajo alguno. Hiro es un bohemio, le apasiona la literatura y gusta frecuentar los prostíbulos. Algunas veces le encuentro revisando un libro en el puesto de algún librero de Amazonas; y él apenas se vuelve a verme, para después —sin despegar su vista del libro— dar, de manera impersonal, una ácida crítica de lo que está leyendo —el libro que seguramente no comprará, si es que ha estado puteando en los últimos días—; y yo le escuchó fingiendo estar interesado, pues no comparto su pasión por la literatura —aunque claro, sí he leído un par de buenos libros—; lo cierto es que nunca me ha gustado ser coparticipe de una fantasía, ni durante el tiempo que había estado con Rosita había tenido la necesidad de hacerlo, y después que Rosita me dejó, tampoco. Ese ambiente de los prostíbulos cambia a las gentes, ya lo creo que sí. Es como si algo se degradara en ellos; una corrupción que se muestra en sus caras, en sus cuerpos, en sus modales, y hasta en su forma de hablar que los hace inconfundibles con los demás. Por eso sé que Hiro —putero reconocido— nunca atraerá a una mujer decente, lo suficiente lista como para percatarse de algo podrido en él (es por eso que con frecuencia le digo que vaya escogiendo a la chica a la que sacará del negocio). De esa corrupción, me di cuenta por Paola; ya que ese cuerpo que no era muy grande, aunque sí bastante obeso, podía atestiguar todas las vilezas que una mujer tiene que estar sometida para convertirse en toda una puta. Después de estar con ella, el recuerdo de Paola me serviría para medir el nivel de corrupción de las demás, teniéndola a ella como nivel máximo y difícilmente superable (corrupción que me hubiera gustado que Rosita llegase a tener por mi causa; pero no sería conmigo, sino con otro, o tal vez con otros, quién sabe, y finalmente, a quién diablos importa). La verdad es que entré con Paola porque justo ese día quería experimentar algo verdaderamente bajo con una puta que tuviera la apariencia de prestarse para el asunto; y ella tenía la apariencia de esas mujeres que no le tienen asco a nada, lo que era ideal para esa ocasión, pues tenía varias ideas pervertidas en la mente y quería experimentarlas con una mujer que ya había hecho lo que yo sólo lo imaginaba. Pero fui bastante ingenuo aquella vez —lo que puede justificarse por mi poca experiencia en el ambiente puteril—; pues claro, no es suficiente que una mujer tenga cara de cachera, porque si vas a tener que pagar por ella, mejor le ves todo y luego te decides, y evitas el duro golpe en la conciencia que el cuerpo desnudo de una puta obesa puede ocasionar a cualquier hombre. Se desnudó, pues, la puta esa, y depositó toda su obesidad en la cama para después ponerme el preservativo; le vi los rollos que le colgaban del abdomen, y fue en ese momento cuando empecé a reprocharme que debí haber visto bien antes de entrar (pero qué se va hacer, cuando estás dentro no hay marcha atrás, las cosas tienen que pasar, cualquier cosa que te joda lo dejas para cuando salgas, para el momento que arrepientas de haber entrado). Entonces, pensé que, pese a todo, debía estar a las alturas de las circunstancias. Así que la gorda esa me puso el preservativo y comenzó a chupármela. Lo hacía con experiencia, por lo menos no me había equivocado sobre su gran recorrido. Era la más estrecha habitación del lugar, casi no había espacio para moverse, todo lo que hubiera querido hacer lo tenía que hacer en la cama; lo que era muy decepcionante para mí; pues antes de entrar al burdel, me había imaginado algunas poses que no incluían precisamente la cama; estaba decepcionado, sobre todo, porque dentro de la habitación y viéndola desnuda, me pareció bastante ofensivo compartir la misma cama con una puta como esa. Entonces, se echó sobre la cama y abrió sus piernas, no tenía buenos pechos, parecían que habían sido excesivamente chupados, así que aunque me dijo que se los podía chupar, desistí en hacerlo. Debía tener un recorrido más largo de lo que me había imaginado, porque apenas sentía que estaba penetrando algo; la gorda aprisionó mi cintura con sus piernas y empezó a jadear; claro que no me la creí, así que le empecé a hacer conversación, como si estuviéramos haciendo cualquier cosa menos sexo (cosa que hubiera preferido que fuese cierto). Me tiró sobre la cama y quiso ponerse encima, pero yo ni loco, no iba a dejar que una gorda como esa se moviera encima de mí (que tal si en una de esas, la gorda no pudiera controlar sus movimientos y se cayera pesadamente de la cama, demonios, que ni siquiera me hubiera gustado imaginármelo; cosas así podían desgraciar a cualquiera). Así que le dije que se pusiera en cuatro, en la pose del perrito, y así lo hizo. ¡Qué nalgas más grandes!, en mi vida había visto que las nalgas de una mujer se extendieran tanto; me sentí intimidado (presiento que cualquiera se intimidaría por penetrar dentro de tanta carne extendida). Le cogí con fuerza la poca extensión de nalga que podía agarrarle, y le comencé a dar, mientras veía nuestros cuerpos de perfil en el espejo (realmente no era una mujer muy grande, era chata, pero muy gorda; mucha carne para tan pequeño cuerpo). También era sobre lo contranatural, de lo que había estado pensando antes de entrar al burdel ese. Nunca lo había hecho de esa forma, y apenas me gustaba la idea, pero como ya lo dije, ese día estaba con ganas de hacer algo realmente bajo. Al parecer había encontrado la mujer adecuada, pues jamás había visto tanta corrupción junta en una sola mujer. Ella dirigió el acto contranatura, y no me sorprendí de que por esa vía también se notara el gran recorrido de esa puta. Me vi en el espejo —siempre de perfil— como para convencerme de que al fin lo estaba haciendo de esa forma (algo tan bajo que jamás Rosita compartiría conmigo, sino con otro, tal vez con otros, quién sabe, y finalmente, a quién diablos importa); pero la verdad es que fue más excitante verme en el espejo como lo hacía que ver a la gorda en cuatro. Por fin acabé y la gorda levantó su voluminosa existencia de la cama y me dijo que eran veinte soles más. “La cara de cachera sí, pero también de pendeja” —le dije Hiro cuando caminábamos entre los libreros de Amazonas. Paola es una puta que lleva varios cuerpos de delantera a cualquiera, hasta al que se cree el más pendejo, lo supe apenas cerró la puerta y comenzó a desvestirse (muy diferente a Giannina, que será muy cachera, o muy pendeja, pero ni se nota). Tan convencido estaba de lo avezada que era Paola que en plena acción no dejaba de ver mis pantalones, porque el cuarto era tan estrecho, que la muy pendeja sólo tenía que estirar la mano, mientras estaba distraído, y ¡zas!, me dejaba sin billetera. Cuando me saqué el preservativo para asearme, sentí asco, no tanto por haber hecho sexo anal, sino por haber hecho sexo anal con una puta como esa. Un asco que sentí durante varios días, hasta que tuve que volver a estar con otra mujer, para sacarme ese mal sabor de boca. |