Tema: Las invictas
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Esteban_Dedalus Esteban_Dedalus está desconectado
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Reputacion de Esteban_Dedalus
[Shantall]

Aunque para dar el paso definitivo —dejar de ser principiante— tenía que pasar una prueba decisiva.

Hiro —escritor en ciernes— había escrito algo al respecto, lo había leído en una de sus cuentos que me enseñó, porque quería la crítica de alguien que compartiera su misma pasión por la literatura. No me sorprendí cuando me eligió a mí, era de suponer, porque algunas veces nos habíamos encontrado de casualidad por los libreros de Amazonas, y no era raro pensar que me encontrara en ese lugar por alguna afición desmedida por la literatura, pero la verdad es que en aquellos tiempos —de insoportable frustración amorosa— solía recaer en diversos lugares sin la mayor idea del por qué lo hacía. Creo que por honestidad debí de haber rechazado leer el relato de Hiro, pero no lo hice porque en esos tiempos me hubiera decidido hacer cualquier cosa sin antes pensar si debía o no hacerlo; lo acepté, sobre todo, porque, al fin y al cabo, Hiro era un buen amigo, y me sentía capaz de tener el suficiente tino para no hacerle una crítica despiadada, y hacerle comprender que todo lo que un ser humano se propone hacer es perfectible —a no ser que fuera un genio, pero esos eran muy pocos y raros, y Hiro hasta ahora no me había parecido raro—; y además, porque me sentía con cierta autoridad para hacer una crítica literaria, porque al fin de cuentas, había leído un par de buenos libros.

El cuento en mención era sobre el hijo de puta del Chino —proxeneta solapa—, que me pareció un relato digno de un escritor en ciernes como Hiro, pues aún no podía escapar de sus influencias —que los conocía—, por lo que no pasaba de la mera imitación sin meterse de lleno en su propia creación. En uno de los párrafos de esa historia, decía que lo peor que le podía suceder a un parroquiano —se entiende que un principiante, aún no putero— era que una de esas chicas —del local del Chino— no se le pudiera ir de la cabeza, de tal forma que se convirtiera en una especie de adicción que sólo encontraba alivio cuando tenía sexo con su chica favorita, y le causaba angustia cuando no podía hacerlo mientras se imaginaba la interminable fila de hombres que tenían sexo con su preferida en el mismo momento en que él daría todo por estar en esa fila. Al respecto, Hiro agregaba que eso le podía pasar a cualquiera, ya sea al más listo o al más estúpido, porque ellas eran como una afrenta a la inteligencia de cualquier hombre; tanto que hasta el Chino —que para Hiro es un tipo listo, pero para mí no es más que un hijo de puta—, había caído en esa especie de adicción, y le jodía tanto que una fila interminable de tipos no diera respiro a su chica favorita, la nueva reina del lugar —obviamente Jennifer—, que se la había agarrado con todos los parroquianos. En esa línea, Hiro concluía que el Chino —al igual que los parroquianos—, también había caído en el cuento, pese a que —según él— era muy listo, no había podido evitar ser engañado.

A partir de ese momento —que para mí es lo más rescatable de su relato— es que Hiro deja de ser un ciego seguidor de sus escritores favoritos —que los conozco— y se parece más al Hiro que yo conozco, un tipo que si bien predispuesto a ser coparticipe de una fantasía, no se despega del todo de la realidad ni por un instante. Lo central en esa parte del relato era que el gran engaño comenzaba cuando una de esas chicas abría las piernas y el parroquiano —se entiende que un principiante, aún no putero— caía redondo. Para Hiro esas chicas saben del asunto de antemano, según él, porque son rankeadas en el negocio, tanto que han llegado a tener la objetividad de cualquier profesional, por eso es que han podido enervar la degradante corrupción del ambiente puteril mediante el engaño. Para mí eso era creíble, porque estoy convencido que no hay mujer estúpida, sólo una que es tan buena actriz que puede parecer estúpida. Para Hiro, esas chicas, además, tenían suerte que el proxeneta sea un hombre, porque así el engaño era completo.

El asunto en cuestión me dejó pensando durante varios días, más que nada porque estaba frente a la gran prueba que debía pasar cualquier principiante en el ambiente puteril. Al principio me pareció que Hiro exageraba, pero después comencé a tener más claro el asunto. Era evidente que esas chicas tan rankeadas en el negocio y, por tanto, nada estúpidas, no se dejarían arrastrar por la creciente corrupción del ambiente puteril. Hiro para eso ponía como ejemplo a Jennifer, pues, según él, no había nada que la pudiera corromper más, se mostraba así ante todos, casi como si fuera inmutable a todo; así, podían pasar mil hombres más por su cama y ella seguiría igual (fue a partir de esa explicación que saqué la cuenta del porqué Hiro nunca quiso entrar en el cuarto de Jennifer). Comprendí, entonces, que el parroquiano —se entiende que un principiante, aún no putero— caía en el cuento —justo cuando una de esas chicas abría las piernas—, de que mediante el solo sometimiento, con todas las potencialidades y habilidades sexuales que se imaginaba tener —muchas veces, otro engaño— podía corromper aún más ese cuerpo que ya no permitía que nada lo corrompiese más. Esas chicas, mediante el engaño, lograban que el negocio no les afectara en nada. La verdad es que no me sorprendí que eso fuera cierto, cualquier mujer lleva en ingenio varios cuerpos de ventaja a cualquier hombre, y si es una mujer del negocio puteril, que conoce a tantos hombres, esa ventaja sólo se puede medir en años luz.

Al fin comprendí a qué se refería Hiro, cuando decía que en todo esto —el puterío en sentido extenso— el parroquiano era el que siempre quedaba mal parado y que más de las veces no se daba cuenta de ello; porque por lo menos el proxeneta se forraba en dinero. “Pobre del hombre que cayera no sólo en el cuento, sino en el sometimiento por una de ellas”, escribía Hiro. En ese caso, había que tomar en cuenta que tan malvada podía ser la chica en cuestión, si era como Paola, Dios libre al parroquiano, pero si era como Shantall, el parroquiano podía sentirse más seguro de que sólo podía ser engañado.

Se habrán dado cuenta que los ojos de Shantall no brillan como los de Jennifer, más bien los tiene apagados, como los de Giannina. Aunque todas saben del engaño, a sólo algunas les da como remordimiento. Si bien los ojos de Shantall no brillan como los de Jennifer, sus ojos revelan que nunca podrá ser tan malvada. Sólo en el interior de esos ojos se puede comprobar que en verdad no es tan mala esa mujer, como para estar en ese negocio. La bondad o maldad de esas chicas no tiene nada que ver con que se acostumbren a esa vida, o tengan que engañar al parroquiano (aún principiante). Y ahí tienen la primera prueba: cuando crees que es bastante injusto que alguien así esté en ese negocio. Pero ahí también tienen la respuesta con la cual afrontar ese primer obstáculo: la vida, en verdad, no es justa.

Sus ojos me miraron fijamente, cuando trataba de ser amable y hacerme sentir bien, y en verdad lo conseguía; hacía que me olvide un poco de nuestra situación y de que la vida, en realidad, no es justa. Sus ojos se cerraron cuando comenzó a chupármela y yo miraba como intentaba complacerme con eso, y en verdad lo hacía. Los pechos de Shantall se mostraban firmes y desafiantes, con toda esa voluptuosidad femenina que inhibe cualquier razonamiento, en el instante mismo en que mi mente no encontraba otro espacio en que detener la visión, sino en la sola contemplación de sus prominentes pechos; los que atrajeron mi boca casi instintivamente, tanto como a su boca, pero ella no lo consintió, y me alegré por eso, que no lo consintiera, que no aceptara un roce que de haberse producido hubiese sido suficiente para sucumbir por completo. Por eso es que no me molesté que ella me dijera que no, que no podía besar sus pechos, ni tampoco su boca.
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