[Shantall] (Continuación) Su cintura era delgada, sus caderas no eran tan anchas pero suficientemente sinuosas como para excitar mi lujuria. Sus piernas no eran muy largas, pero habían sido modeladas con suavidad. La verdad es que no era tan grande, pero todo en ella parecía suficiente. Creo que nadie se atrevería a poner más ni a quitar algo de su cuerpo. Cuando se echó sobre la cama y abrió las piernas presentí que se acercaba la segunda prueba. Vi su sexo oscuro, ella me miró fijamente, y la penetré. Ella cerró sus ojos cuando comencé a sacudir su cuerpo, y empezó acariciar mi cuerpo y a gemir. Supuse que no era en mí en que pensaba cuando me acariciaba y parecía disfrutarlo. Pero eso a mí no me importaba, porque la segunda prueba requería que no me creyera el cuento, que no fuera tan ingenuo en creer que ella lo aceptaba y lo consentía, cuando ella sólo lo hacía. Todo no era más que una ficción, una posesión imposible de un cuerpo que jamás aceptaría ser poseído de esa manera (esta era la prueba fundamental, luego de ese convencimiento, el sexo se volvería algo profesional, como ellas lo hacen, tan sólo sucedería y no tendría que tener mayor importancia, como muchas cosas que ocurren, sin consecuencia alguna). Pero faltaba una prueba más, la última, que se anunciaba ante la inevitable proximidad del punto sin retorno, cuando amenazaba sobrevenir la pequeña muerte –una que parece ser más intensa, y que cualquiera quisiera que fuera más durable, tal vez eterna–, en el preciso momento cuando la agitación de nuestros cuerpos nos conducía hasta el desfallecimiento, únicamente por desgaste, por cansancio, no por placer, ni por algo más. Aquella pequeña muerte que supo llevarme a otro sitio, pero del que debí volver lo más pronto posible, a ese lugar, a ese cuarto, con ella, sobre la cama, desnudos, con el látex en medio de los dos, que nos separaba, y que acaso nos protegía. Entonces, había superado la tercera prueba, y dejé de ser un principiante. Nos despedimos con un beso sobre la cama, y nos dijimos adiós; cuando salí dejé la puerta abierta, porque los dos esperábamos que alguien más entrara; quién fuera —pese a lo que alguna vez le dije a Hiro—, la verdad que a ninguno de los dos importaba. Tuve que preguntar muchas cosas a Hiro, respecto a ese extenso párrafo de su cuento sobre el Chino —que era lo más rescatable de su relato—, para tener las cosas más claro. Pero Hiro tampoco estaba muy seguro de lo que había escrito, es decir, creía que le faltaban argumentos para sostener aquéllo. Lo que yo le aconsejé fue que esa idea debía servirle como base para una historia más ambiciosa, pero Hiro no tiene el espíritu para soportar tareas de largo aliento (Hiro es un cuentista porque no tiene la suficiente motivación para emprender labores más extensas, y aún así tiene más cuentos inconclusos que concluidos). Lo cierto es que todo lo que Hiro hace siempre será un trabajo a medias. Lo que sí debo de reconocer es que leer esa parte de su cuento me ayudó —por decir de alguna manera— para dejar de ser un principiante en el ambiente puteril. No es que realmente haya querido meterme hasta la coronilla en un ambiente tan corrupto como el de los prostíbulos, pero pensé que si ya estaba encaminado, era mejor acomodarme bien y no parecer tan ingenuo. La última vez que encontré a Hiro —de pura casualidad entre los libreros de Amazonas—, me dijo que lo había convencido en desarrollar esa idea en una historia de mayores pretensiones, por eso iba documentándose respecto de algunas otras ideas que le servirían de marco para su idea central. Fue ahí cuando me habló de su interés por el mito de Ícaro y Dédalo; del impetuoso Ícaro que en toda su embriaguez por la absoluta libertad, se acercó tanto al sol que cayó al mar; y de Dédalo, que tuvo la prudencia necesaria para no acercarse tanto ni al sol ni al mar, y escapar, al fin y al cabo, del laberinto que el mismo creó; según Hiro para no ser consumido por el ambiente puteril había que seguir un planeo tan sensato como el de Dédalo, ni creerse el cuento por completo, ni caer redondo en la corrupción absoluta; lo que, para Hiro, es algo que las chicas del lugar ese, como rankeadas en el negocio, también sabían de antemano, por eso se lucían desinhibidas en las puertas de sus cuartos, excitando a cualquier hombre que se acercaba atraído por sus bellezas, incitando a los hombres a entrar en sus cuartos, para desnudarse ante ellos y despertarles toda su lujuria, abrir sus piernas y hacerlos caer en el engaño, llevarles hacia otro lugar en el momento cumbre de la pasión, para después vestirse tranquilamente, despedirse del amante ocasional y volverse a parar en la puerta de su cuarto, como si realmente nada hubieran hecho, tan impasibles como si nada más en ella fuera a cambiar, porque saben que aún si entraran mil hombres más en sus cuartos, ellas deberán volver a la puerta de su cuarto como si nada hubiera ocurrido, siempre victoriosas sobre cualquier hombre, nunca vencidas por su inútil afán de posesión, siempre invictas. |