Tema: Las invictas
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Esteban_Dedalus Esteban_Dedalus está desconectado
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Reputacion de Esteban_Dedalus
[Giannina]

Ingresamos, pues, al burdel ese. Tomamos el pasadizo derecho. A la izquierda y a la derecha del corredor, asomaban algunas cabecitas, alertadas por los timbres que precedieron nuestra entrada. Había muchos cuartos vacíos, serían casi las seis. Algunas chicas transitaban con diferente vestido. Con esos vestidos, esas chicas parecían poder ser capaces de hacer cualquier cosa menos eso. Dimos una vuelta al lugar. Realmente había poco que ver. Beto nos dijo que las del segundo turno no tardarían en ubicarse en sus lugares, y ahí veríamos lo bueno. Nos fuimos a sentamos en los sillones, al pie del escenario, y Beto nos invitó unas chelas. Me puse a curiosear el escenario que permanecía oscuro, donde un tipo estaba limpiando los espejos que rodeaban el estrado. Beto, viéndome tan distraído con eso, nos dijo que algunas chicas salían a calatearse ahí y que ya lo veríamos cuando las del segundo turno se ubicaran en sus lugares, ahí veríamos lo bueno. Tomé el primer sorbo de chela y sentí que ya había tomado demasiado por ese día. No había música en el interior, todo estaba tan silencioso que podíamos escuchar los murmullos tanto de las chicas del segundo turno, que se alistaban para entrar en acción, como las del primer turno, que dejarían la posta. Un sonoro y largo timbre lleno el lugar, y todas las chicas, aún con los vestidos –por lo que pasarían por cualquier cosa menos por eso–, se dirigieron a la entrada del local.

Un codazo de Beto me despertó, una chica había salido a bailar al escenario; era delgada, pequeña, blanca, en los vapores de la embriaguez me pareció que podría parecerse a, si forzaba un poco mi mente, tal vez haciendo un poco de esfuerzo podría hacer que se pareciera bastante. Terminé de beber mi chela justo cuando la chica se cubría los pechos desnudos con una toalla, bajó del escenario y se perdió por el pasadizo lateral. Hiro se incorporó y fue tras de ella. Beto me dio otro codazo y me dijo para dar una vuelta, y yo parecí que lo pensaba bastante. Quería levantarme pero algo me lo impedía. Había bebido demasiado. Haciendo un gran esfuerzo por fin pude levantarme, esperé estabilizarme para no caer de bruces sobre el suelo, y seguí a Beto que se adelantaba por el pasadizo lateral al escenario. Dimos una vuelta y al fin pude ver más claramente lo que era ese sitio; se veían más cabecitas salientes, muchas puertas estaban cerradas, y hasta se podía uno chocar con algún pata distraído. Prácticamente todas las chicas estaban con lencería y me parecieron realmente guapas. Mi cuerpo comenzó a temblar y supuse que era porque había bebido demasiado. Volvimos a pasar por la entrada y ni siquiera me fije en ella. Pensé que si Beto era un tipo tan listo como me imaginaba, se daría cuenta fácilmente que no sabía nada del asunto. Entonces, decidí pararme en cada puerta que encontraba abierta para meter letra a las chicas, ya con la experiencia del chongo de Huachipa, sabía lo que ellas esperaban que le preguntaran. Pero algo pasaba conmigo, mi cuerpo no dejaba de temblar, y supuse que era porque era un principiante en el puterío.

Nunca di tantas vueltas a ese burdel como aquella primera vez. Al principio estuve convencido que sí había putas que no parecían putas, y esperaba que, con un poco de suerte, pudiera encontrar a una que se pareciera a, por eso me fijaba bien en cada chica que asomaba por las puertas que aún estaban abiertas, y en aquellas que se abrían tras la fugaz salida de un parroquiano (pensé que, tal vez con más suerte, podía encontrar a una que no sólo se pareciese, sino que fuera). Se escuchaba una música romántica de fondo que me disgustaba; le dije a Beto que era bastante estúpido que pusieran ese tipo de música en un lugar como ese, donde pensar en el amor está demás. Cansado de dar tantas vueltas, me decidí a entrar en cualquier cuarto, pero no me podía decidir en cuál. Parecía como si esperara encontrar la mujer adecuada para esa ocasión. Al parecer quería encontrar alguien que se le pareciese bastante. Había dos chicas que compartían su misma clase de belleza. Una más joven, en cuya puerta ya se había formado una cola, y otra, que parecía tener más experiencia pero sin llegar a ser vieja, que estaba en el primer cuarto del pasadizo derecho, cerca a la entrada, y que, para mí era inexplicable que atrajera a muy pocos parroquianos. Ella era Giannina.

Justo cuando pasábamos por el pasadizo de la izquierda, Hiro salió del cuarto de la bailarina, frotándose las manos ruidosamente; nos dijo que le resultaba excitante tirar con la que había salido a bailar, decía que le arrechaba verlas bailar para todos y luego tirar con ella en su cuarto. Se le notaba cansado y se fue a sentarse en los sillones al pie del escenario. Dimos una vuelta más con Beto, y creo que hasta volví a preguntar por segunda vez a las mismas chicas, lo que esperaban que todos les preguntaran. En una de esas vueltas al local, se nos cruzó un tipo, moviendo los brazos en actitud desafiante, el pecho hinchado, y la cara llena de tics; Beto me dio un codazo y me dijo que ese era el “dueño del circo”. Esa fue la primera vez que vi a ese hijo de puta. Cuando pasamos por el primer cuarto del pasadizo derecho miré fijamente a Giannina, ella me sonrío, y me pareció familiar esa sonrisa. Llegamos otra vez al escenario y ya había otra chica que comenzaba a bailar y a desnudarse. Hiro estaba con los brazos cruzados observando, seriamente, sentado en uno de los sillones; la chica bajó del escenario a coquetear con el publico, se dirigió a donde estaba Hiro y se le sentó encima, se dio un par de sacudidas y se dirigió hacia otro lugar para hacer lo mismo; luego de que todo ese cuerpo semidesnudo se le quitara de encima, Hiro se frotó una de sus manos, pues —como después nos contaría en el chifa— se encontraba casi dormitando cuando se dio cuenta que un par de nalgas venían a estrellarse sobre su cuerpo y el instintivamente sacó una mano para evitar el golpe, sin presagiar que todo el voluptuoso cuerpo de esa bailarina tendría la suficiente fuerza para doblegar no sólo su mano, sino cualquiera otra parte de su cuerpo que hubiera querido salir a detenerlo. A Beto y a mí nos causó gracia la escena, pero no estuvimos defraudados por Hiro, no se comportó como muchos que cuando ven acercarse a una de esas bailarinas a su sitio comienzan a sudar frío, la verdad era que Hiro había estado a las alturas de las circunstancias, porque pese a que tenia una mano doblada, pudo meter la otra por entre las piernas de la bailarina, casi por instinto.

Ya me había dado cuenta que Beto esperaba que yo entrara primero, ya comenzaba a sospechar que no sabía nada del asunto, y a desconfiar que yo me animaría a entrar. No me agradó la idea de hacer cola para tirar con una mujer. Me decidí finalmente por Giannina. Fui hacia su puerta y le pregunté lo que ella esperaba que le preguntara, acercó su boca a mi oído y me dijo lo que yo no esperaba que dijera. Hasta ese momento no había escuchado una voz tan suave decirme cuán lasciva podía ser. Acepté la propuesta, entré en su cuarto, vi a Beto que ya había sacado la cuenta que era la primera vez que entraba al cuarto de una de esas chicas, y cerré la puerta. Me pareció extraño que una chica como ella —que para mí era muy bonita— no tuviera tanta demanda como las demás; pensé que tal vez, su tipo de belleza dentro de tanta belleza, podía llegar a no distinguirse, a pasar casi desapercibida, lo que no ocurriría, por ejemplo, si alguien la viera en la calle, donde a un hombre jamás se le pasaría por la cabeza la posibilidad de que una mujer de ese tipo de belleza podría hacer lo que ella hace, porque sólo habría una posibilidad para cualquier hombre que la viera en la calle: enamorarse perdidamente de ella. Tal vez en un sitio como ese, donde había tantas chicas bonitas como ella, podía pasar casi desapercibida para todos los tipos que recorrían el lugar, pues ellos la tenían muy clara respecto a la situación de esas chicas, por eso cuando pasaban por su puerta, apenas se fijaban en ella. A mí me atrajo más que las demás porque algo en ella me parecía familiar, no sólo porque me sonrío la primera vez que la miré fijamente, sino porque sus ojos, sus cabellos, su piel, podían hacer que se le parecira tanto, sin forzar demasiado mi mente. Pensé que tal vez ella tenía el tipo de belleza que a un tipo como yo le atraería irremediablemente, es por eso que apenas la vi presentí que sería ella.

Giannina me dio un beso, se presentó y me preguntó mi nombre, le di uno falso, y me pidió el ticket y el dinero. El dinero se lo di de inmediato, pero porque no sabía nada del asunto, no sabía qué ticket darle; le mostré todo lo que me habían dado en la entrada, un par de boletos, un vale, incluso el condón —que juré que ni loco usaría en un sitio como ese—, ella me explicó cuál era, y nunca más lo olvidé.
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