[Giannina] (Continuación) Me dijo que me desnudara y ella no tardó en quitarse lo poco que tenía puesto. Pude ver todo su cuerpo desnudo, de golpe. En ese momento recién me pude dar cuenta que eso sería algo muy diferente de lo que había estado acostumbrado; no habría los primeros roces excitados, las frágiles negativas, aquellas caricias que se volvían cada vez más incisivas, ni los besos que buscaban besar no sólo la boca sino toda la piel, no habría el descubrimiento progresivo de la desnudez ajena cuando en el silencio y en el interior de los ojos se presumía el consentimiento de hacerlo, para con más libertad, continuar con los besos y caricias sobre todo el cuerpo desnudo, hasta el momento en que se volviera imperiosa la conjunción corporal, ante los balbuceos ininteligibles que pregonaban el deseo de hacer eso y todo lo que en el sublime ardor de la pasión se permitiera hacer. Pero esa vez no sería lo mismo, me desnudaba en silencio, mientras ella sacaba el condón que me habían dado en la entrada —el mismo que había jurado que ni loco usaría, porque ni marca tenía, y que era mejor, si me animaba, usar el que Beto me había dado, uno de marca más conocida y más confiable, para que me protegiera por completo de alguna ellas—. Pero no se lo di porque dentro de la habitación ni me acordé que tenía en los bolsillos de mi pantalón otro condón, no pensaba en otra cosa que tratar de hacer lo que ella esperaría que un tipo hiciera dentro, y pensando en ese asunto me terminé de desnudar, cuando ella ya me esperaba con el condón en la mano. Me incorporé y ella se puso de cuclillas, me colocó el condón y comenzó a chupármela, con movimientos suaves y casi forzados, que parecía como si lo estuviera haciendo por pura obligación; luego de un momento me preguntó porque no se me paraba, yo le dije que no lo sabía —aunque sí lo sabía—, y volvió a chupármela otra vez, un poco más rápido, con un poco más de ganas. La verdad era que todo en esa habitación ocurría de una forma tan diferente a lo que me había acostumbrado que ocurriese. Pero cuando ella empezó a fastidiarse porque no se me paraba, aunque me la estaba chupando con más ganas, me dije que ya me debía hacer la idea que en lo sucesivo nada volvería a ser lo mismo. Me echó sobre la cama y se puso encima. La luz del fluorescente del cuarto caía sobre sus cabellos y no me hacia distinguir su rostro. Pensé que esa piel y esos cabellos serian suficientes para que mi mente pudiera reconstruir a otra persona y hacer que se le pareciera bastante. La piel blanca de Giannina me podría hacer recordar otra piel que alguna vez había tocado y besado, cuando los deseos de posesión de su cuerpo hacían que mi corazón palpitara como loco, al igual que el de ella, cuando sus pechos se juntaban a los míos, y nos mirábamos fijamente, mientras nuestros cuerpos se sacudían por la pasión desbordada, y juntaba mis labios a los suyos para callar algo que diría, para que ella no dijera que lo quería, porque lo sabía, y callar de mi boca que la quería, porque ella lo sabía, pero que poco le importaría al fin de cuentas. Esos cabellos podrían oler tan bien como los de ella, cuando se acercaba a mí y comenzaba a besar mi cuello, podían tal vez tener ese mismo olor que a veces cuando vuelvo a sentir hace que inevitablemente la recuerde, y piense en ella, aunque sepa que no valga la pena. Puse a Giannina sobre la cama, abrió sus piernas y pude verle el sexo, arrebolado entre sus pliegues, y me hizo recordar el sexo de ella, del que jamás me quería desprender, ni siquiera cuando ya amanecía y tenía que llevarla a su casa, y sobresaltada se levantaba de la cama, asustada por los primeros rayos del sol que se asomaban por la ventana, apurada en vestirse y en pedirme que la llevara a su casa, porque sus padres otra vez le harían problemas, y yo me sentaba sobre la cama para vestirme con tranquilidad, mientras la veía, divertido, buscando los vestidos que ella había dejado durante toda la noche, desperdigados en la habitación que habíamos llenado con toda nuestra lujuria. Penetré a Giannina y le miré el rostro fijamente, un recuerdo vino a mi mente, volví mi vista hacia un lado y ese recuerdo se esfumó. Tal vez no debía forzar tanto mi mente para que se pareciera a ella. Pero parecían tener la misma mirada cansina, las facciones delicadas del rostro, la piel limpia y clara, los cabellos lacios y negros. No necesitaba hacer mucho esfuerzo para imaginar volver a penetrar el cuerpo de ella, que consentía y lo quería, callando las palabras con un beso prolongado, en el silencio sólo alterado por nuestros jadeos desaforados, y silenciar las palabras de amor que suelen decirse, en un momento de enajenación, cuando uno parece desprenderse del cuerpo y transformase en un ente meramente sensorial, capaz de alcanzar algo más allá de lo material, aquello que no se describe ni se explica, que se siente y no se dice nada más. Giannina podría parecerse tanto a ella, sin necesidad de forzar demasiado mi mente, podía realmente vivir en esa habitación la ficción de tenerla nuevamente, de convencerme de que nada había pasado entre los dos, y que ella volvía a entregarse, como siempre lo había hecho, con todo el arrebato que la fricción de nuestros cuerpos desnudos sabía incrementar hasta el infinito. Pero en un momento de conciencia, supe que eso jamás volvería a ser, que aunque compartiesen la misma claridad de la piel, los cabellos lacios y negros, la mirada cansina y las delicadas facciones del rostro, había algo que nunca mi mente podría llegar a reproducir, había algo que no tenía Giannina por lo que jamás haría que se pareciera a ella, le faltaba algo esencial, lo más importante de ella: ser ella. Me senté sobre la cama a vestirme, mientras empezaba a pensar en que tal vez nunca debí haber entrado en ese lugar. Sentí un insoportable vacío interior. Giannina se dio cuenta de la situación —porque ellas finalmente siempre saben, siempre sabrán lo que a un hombre le pasa mucho antes de que éste sepa lo que le sucede—, se sentó a mi lado, mientras terminaba de vestirme, y me empezó hablar como si fuera mi amiga, o como si quisiera serlo, y me pareció como si ella hubiera sentido compasión de mí, y me tratara de ayudar de alguna forma. Pero yo no quería que alguien tuviera compasión de mí, y la rechacé, no quería tener ninguna relación con ninguna de ellas, no quería saber nada de ella, aunque se pareciera tanto a ella, y quizás precisamente por eso, no quería nada de ella. Salí del cuarto sin despedirme, me dirigí hacia el escenario y ahí estaban Beto y Hiro, mis amigos, al fin de cuentas. Me senté junto a Hiro y escuché que anunciaban a la próxima que iba a salir a bailar. Subió una chica con una lencería de color rojo sangre. La chica era realmente bella, como muchas del lugar, era alta, delgada —no tan voluptuosa como es ahora—, aunque tenía buen cuerpo, me entretuve en ver su rostro; se ponía seria cuando bailaba, pensé que tal vez ellas también podían tener vergüenza. La chica terminó de bailar, se cubrió con una toalla sus pechos y bajó del escenario. Beto se incorporó y nos dijo que ya era hora de irnos. Pasé por la puerta de Giannina, la vi de reojo, se me quedó viendo mientras me iba; no la quería ver, ni a ella ni a ninguna mujer más, no la quería ver, sobre todo, porque se parecía a alguien que ya no quería volver a ver. Mientras salía recordé que tuve que usar ese condón que me dieron en la entrada, y que quizá no había sido suficiente para protegerme de ella. La verdad que no me importó que ese condón no hubiera sido suficiente, no me importaba nada de lo que me hubiese ocurrido dentro, ni tampoco lo que me ocurriría después. Lo cierto es que, aunque esto sea lo más difícil de admitir, después que ella me dejó no me volvió a importar nada más. Es verdad, sí. |