Tema: Las invictas
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Esteban_Dedalus Esteban_Dedalus está desconectado
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Reputacion de Esteban_Dedalus
Cuando salí esa última vez, hace seis meses, estaba realmente empinchado. Ese fastidio me duró unos días, hasta que pensé en volver otra vez. Pero quise mantener la promesa de no volver por un buen tiempo. Esa privación no fue tan dramática pues comencé a tener del sexo sensaciones más intensas y placenteras que alguna vez hubiese tenido antes. Sin embargo, había tenido las suficientes experiencias y sensaciones en ese lugar como para, a pesar de todo, sentir cierta nostalgia. Y eso fue lo más difícil. Entonces, supe que tenía que hacer algo al respecto. Y recordé. Cuando apreciaba la exuberante fisonomía de Jennifer, ocupada en atender a una fila de arrechos que no le daba el menor respiro, pensé que tal vez una mujer como ella podría protagonizar una historia de ficción—con toda su irrefutable belleza y en toda su inevitable degradación—; cuando veía a un tipo tan repulsivo como el Chino dando vueltas en el lugar, se me ocurrió que tal vez él podría ser un buen personaje para un relato —con toda su capacidad para concentrar todos los odios y todas las corrupciones—; cuando veía a los parroquianos con las miradas perdidas, distraídos con tantas mujeres llenas de voluptuosidad y lujuria, caminar ansiosos por los pasadizos de un lugar lleno de música estridente —para callar algunos gritos fingidos o inútilmente reprimidos—, cargado con un aroma artificial a flores —para difuminar el olor natural de los fluidos y secreciones corporales—, pensé que tal vez un lugar tan sórdido y degradante como ese y todas sus gentes podrían ser lo suficientemente interesante para un escritor y una historia.

Así, pues, en esos seis meses de ausencia, me puse a escribir relatos inspirados en ese burdel y sus gentes, no tanto porque alguna vez pensé que valiera la pena, sino porque realmente sentí nostalgia. Me puse, entonces, a escribir, al principio, sobre algo que no se me había podido ir de la cabeza. Una imagen. No fue difícil escribir un párrafo de más o menos diez líneas. Eso fue lo primero que escribí. Luego me di cuenta que ese párrafo podría estar acompañado de otros más, que, aunque no estuvieran relacionados directamente entre sí, podrían dar una visión en conjunto; pensé que tal vez podría escribir una historia inspirada en ese burdel y sus gentes. Los diferentes párrafos –que correspondían, en su gran mayoría, a diversos recuerdos que tenía–, dieron como resultado un cuento intencionalmente fraccionado en el que porfiaba por contar una historia que no debía decirse claramente, para no quedar en evidencia ante los demás.

Desde el primer cuento descubrí que podía mitigar las ganas de volver materializando literariamente algunos momentos que había vivido en ese burdel. A través de la literatura pude, de alguna forma, recrear aquellas aventuras puteriles que llegué a realmente extrañar —con todos los matices de exageración y minimización que sólo la literatura puede dar a los hechos reales—. Y lo hice porque, sobre todo, tenía que decirlo. Después que escribí el último cuento me sentí bastante satisfecho, no porque estuviese contento con el resultado —nunca estaría contento de eso—, sino porque lo que tenía que decir ya lo había dicho, y no se había quedado oculto como la ignota producción del artista desconocido, sino que intencionalmente lo había difundido de la manera más conchuda posible.

De vuelta al burdel después de seis meses, sentí que el ambiente en el interior se había vuelto más claustrofóbico —sobre todo en el pasadizo más oscuro—. No sé qué mierda había hecho el Chino que uno sentía que en algún momento las paredes y el techo se iban a venir encima. Antes de hacer una parada estratégica en el baño, le dije a Conti para dar una vuelta de rigor. No vimos casi nada. Muchas puertas estaban cerradas y lo poco que vimos no era como para detenernos a mirar mejor y a preguntar lo de siempre. Más tarde cuando estuvimos viendo el show de una de las chicas sobre el escenario, me di cuenta de los detalles en el techo. Sólo el Chino sabe por qué hizo poner figuras en bajorrelieve en una parte del interior que nadie se detiene a mirar. La chica terminó de bailar y los aplausos fueron bastantes dispersos. El espectáculo fue malísimo. Di una vuelta en solitario. Ni rastros de las chicas a las que me hubiera gustado ver —Jennifer, Giannina, Shantall—,en cuyos cuartos sabía que no volvería a entrar, pero que todas maneras me hubiera gustado verlas después de tanto tiempo.

Prendí un cigarrillo y apoyé mi espalda en la pared frente al bar. Aburrido. Conti no era una buena compañía. Lo cierto era que no teníamos ningún tema en que detenernos a discutir y pasar el rato. Creo que si viviésemos los dos solos, en una misma casa, a ninguno de los dos se le ocurriría eliminar al otro. La distancia espiritual que puede haber entre dos personas es suficiente para que ninguno crea ver en el otro a un rival o a un amigo. Me volví a ver en dirección de la entrada y vi un personaje vestido completamente de jeans negro arrastrando pesadamente su existencia. Otros tipos que estaban recostados en las paredes del pasadizo también voltearon a verlo y siguieron con la vista su paso cansino hasta que desapareció en una puerta oculta al costado del bar. Sólo lo vi una vez, lo reconocí y chupé mi cigarro mirando hacía otra parte. Pasó por mis narices y recordé que alguna vez escribí algo sobre él. No me volví hacia otro lado porque haya sentido temor. La verdad es que no quise ver un espectáculo tan patético. En otras ocasiones cuando me cruzaba con él en los pasadizos —con su cara llena de tics y su pecho hinchado, moviendo los brazos de manera desafiante— alzaba la mirada, mientras, desde mis adentros le lanzaba una buena mentada de madre. Ahora no valía la pena ni siquiera putearlo. Se le veía acabado. Un chino joven hueveaba en el bar. Tal vez el Chino ya presentía el final. Es así en este negocio. Las personas pasan. El puterío queda.
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