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31/08/07, 20:48:25
| | Soldado | | Fecha de Ingreso: sep 2006
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| | | Las invictas Casi han pasado dos años desde que "Las invictas" vio la luz en un foro que ya no existe. Después de haber releído la historia me ha parecido que es una historia que merece volver a ser contada. No porque sea una buena historia, ni porque esté bien escrita. Creo que merece ser contada, sobre todo, porque es una genuina historia puteril.
Sin más que decir, con ustedes, "Las invictas".
Saludos,
Dedalus | 
31/08/07, 20:51:53
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| | LAS INVICTAS Advertencia Esta historia está inspirada en personas de la vida real, pero ninguna de ellas existen tal y como se les llega a describir. Las circunstancias en las que se ven envueltas tampoco escapan a la ficción. 1.- La entrada Les confieso que esperaba algo más modesto, pero cuando Beto dijo el nombre ese, y Hiro se frotó las manos ruidosamente, yo pensé que tal vez no era tan mala idea gastar más de lo que había previsto con tal de ver a esas putas que no parecían putas, y más aún, si éstas –según Beto– podían hacerte babear con solo verlas, porque hasta parecían modelos de la tele. Así –a pesar de que yo esperaba algo más modesto como el Troca, San Pepe o el chongo de Huachipa–, me convencí que no era tan mala idea conocer el lugar ese –que tanto había escuchado nombrar por todas partes–, para ver si era cierto todo lo que decían que uno podía encontrar allí. Además, pensé, que si era posible encontrar putas que no parecían putas, tal vez, con un poco de suerte, podría encontrar a una que se pareciera a Rosita –que sin parecerlo también era una puta–; de tal forma que pudiera hacer con una puta parecida a Rosita lo que tanto quería hacer con Rosita (si no fuera tan puta). Al principio sentí miedo, porque nunca antes había estado con una puta (sí, claro, ya había estado con una mujer, que me engañó con eso de que no era puta, pero ese es otro asunto). Sin embargo, cuando estábamos en camino, me sentí capaz de cualquier cosa –porque el ir y venir de las botellas de cerveza te da valor para hacer lo que sobrio ni siquiera te imaginarías hacer–; entonces, no faltaba nada más que llegar al sitio ese y constatar personalmente todas las maravillas que Beto había pregonado; era sólo cuestión de terminar de convencerme que estaría a la altura de las circunstancias, y no pensar más en que tendría que gastar más de lo planeado, porque, como ya lo dije, esperaba algo más modesto, que por lo menos me alcanzará también para pagar el chifa o el caldo de gallina –muy necesario para recuperar energías después del cache–; y para el pasaje de vuelta a casa, por supuesto. Pero, ordenemos un poco todo esto. Era un sábado del mes de septiembre del año pasado; aproximadamente serían las cinco y media de la tarde cuando tomamos la Argentina. Beto iba al volante de su automóvil prehistórico, Hiro fungía de copiloto, y yo estaba en el asiento posterior, justo en el medio, observándome en el espejo retrovisor, haciendo muecas para espantar el miedo, riéndome de algún chiste que no había escuchado, y a veces tarareando una canción que no era la misma que se escuchaba por la radio (pues no había duda que estaba bien borracho, y en ese estado pensaba en la mucha suerte que tendría si no encontraba a una puta que se pareciera a Rosita, sino a Rosita misma trabajando como puta). Estaba en eso pensando, principalmente, cuando llegamos al lugar; nos estacionamos, bajamos del automóvil prehistórico, y el sitio ese me pareció una chingana de mala muerte; claro que le pregunté enseguida a Beto si era allí el lugar tan mentado; pues sí, ese era el lugar; y ya desconfiando pensé en lo improbable que era que una puta que no pareciera puta, sino que hasta podía parecer una modelo de la tele, transitara por esa calle –que parecía la de un pueblo fantasma de una película del viejo oeste–, y que todavía se metiera en ese lugar que parecía, desde fuera, como ya les dije, una chingana de mala muerte. Admitamos que las primeras impresiones cambian cuando uno ingresa al lugar ese, y aunque no sea totalmente cierto eso de que allí se pueden encontrar putas que no parecen putas –porque con más experiencia se puede llegar a identificar a una puta entre una multitud, sobre todo porque es fácil percibir esa corrupción que no se les quita por nada del mundo, y que se delata permanentemente en sus rostros, en sus modales y hasta en su forma de hablar–; pero al menos alguna que otra chica bastante bonita sí se puede encontrar, lo que es más probable que encontrar a una puta que se parezca a la novia que te dejó por otro, aunque es menos probable que encontrar a la novia que te dejó trabajando como puta. | | Los siguientes 2 le agradecieron a Esteban_Dedalus por este mensaje: | | 
10/09/07, 21:48:10
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| | 2.- En el territorio de las invictas [Jennifer] Sí, habría podido equivocarme con ella; si la hubiese visto antes en otro lugar; tal vez hasta habría podido enamorarme perdidamente de ella y juzgarla como una muchacha que podría hacer cualquier cosa menos trabajar en eso. Recuerdo que la primera vez que la vi —en un cambio de guardia— me la quedé mirando largo rato, con la boca abierta, pensando en que tal vez no era tan listo como creía, y que sería tan fácil que una mujer como ella me pudiera engañar con el cuento que era una chica de su casa (seguramente, esa ingenuidad de la que no me había percatado, explicaba lo que me había pasado con Rosita, después de todo). Era el brillo de sus ojos lo que más me sorprendió; a comparación de las demás que podían echarse brillo en todo el cuerpo, pero sus ojos siempre estaban apagados, como si estuvieran durmiendo para no darse cuenta de lo que hacían. Cualquiera que haya visto a Jennifer deslizarse por los pasadizos de ese prostíbulo, habrá podido experimentar un sentimiento de inferioridad por su sola presencia, como si ella sola bastase para comprobar la grandiosidad de una mujer; de tal forma que uno debiera sentirse satisfecho con el solo hecho de observar pasivamente la voluptuosidad de su cuerpo, extasiarse con la abundancia generosa de sus carnes, o perder el juicio por sus lascivas sinuosidades; pero a su vez, aceptar la desazón por no poder poseer esa existencia por completo, ya que nunca habrá hombre capaz de decir que ha poseído a esa mujer, pues no existe un hombre con la suficiente grandeza como para someter todo el exuberante cuerpo de esa mujer. Y Jennifer lo sabe, y por eso sus ojos brillan de esa manera, a diferencia de las demás, sabe que ella no se entregará a nadie, que jamás habrá alguien que declare, con sinceridad, haberla poseído, porque ella escapa de la dimensión limitada de cualquier hombre. Es por eso que no siente vergüenza de hacer lo que hace, porque ella sabe que todo eso no es más que una ficción que algunos en toda su ingenuidad creen que es real. Cuando estuve dentro del cuarto de Jennifer, fue como si hubiese estado flotando en las nubes o perdido en un sueño; todo ocurrió como en cámara lenta, hasta desnudarnos no sentí el golpe en la conciencia que su cuerpo desnudo puede ocasionar a cualquier hombre. Su piel color mate, con algunos tatuajes desperdigados, me estremeció y me hizo pensar en que a veces la realidad puede parecerse tanto a un sueño. Sobre la cama, se puso de rodillas y se inclinó a ponerme el preservativo; mi erección no tardó apenas sentí su caliente boca succionármelo; su pequeña cabeza iba y venia hacia mi cuerpo, mientras veía su estrecha espalda y la abertura de sus prominentes nalgas en el espejo. Se echó sobre la cama, y le pedí que se pusiera al borde; abrió sus largas piernas y pude por fin verle su sexo, donde todo hombre quisiera establecerse por siempre —o simplemente permanecer allí oculto, hasta el amanecer—. Se lo metí lentamente y comencé a ir y venir contra su cuerpo; pensé que eso sería la gloria para cualquier hombre, pero no lo sentí así, fue en ese momento que me convencí de toda la grandeza que jamás ningún hombre podría comprender. Puse sus largas piernas sobre mis hombros y arremetí con fuerza, sus pechos se movían ante cada sacudida, volví abrir sus piernas y me pegué a su cuerpo caliente, y sentí un suave perfume; vi sus oscuros pezones, y pensé que cualquier hombre le hubiera gustado alimentarse de esos pechos —o simplemente quedarse dormidos entre ellos, también hasta el amanecer—; cuando empecé a sentir una monotonía le dije que se diera vuelta. Ahora que recuerdo mis pies jamás se despegaron del piso, quizá pensaba que no podía seguir el ritmo de esa mujer, o tal vez ya sentía que era bastante ofensivo que un hombre ocupara la misma cama que Jennifer. Me enseñó la abertura de sus voluptuosas nalgas, y yo me acerqué viendo aquel orificio que ella negaba; la agarré de las nalgas, me entretuve en uno de sus tatuajes, y le di con fuerza. Por un espejo lateral miré el largo cuerpo de Jennifer, ella también volvió a verse, y nuestras miradas se cruzaron en el espejo; yo tenía que convencerme de que penetraba ese cuerpo, aunque jamás podría decir que lo había hecho en realidad, y ella tal vez se convencía de que otro hombre más creía poseerla, cuando ella jamás se entregaría a nadie. Hice que volviera a ponerse boca arriba, al borde de la cama, y volví a poner sus piernas sobre mis hombros, me acerqué flexionándola, con fuerza, y después de unas cuantas sacudidas, acabé. Cuando salí encontré a Hiro esperando mi comentario sobre Jennifer; claro que le dije que si quería entrara con ella, pues no se iba arrepentir. Pero no sé por qué él nunca quiso entrar con ella —¿sería tal vez por aquello que me dijo alguna vez?—. Luego, Beto, se haría tan aficionado a Jennifer que hasta una vez se quedó esperando en la puerta de su cuarto, hasta que el Chino saliera de su inspección de rutina —en esos tiempos cuando en la puerta de Jennifer había una cola más grande que para entrar al Estadio Nacional cuando hay clásico—; yo me mataba de la risa, cuando pasaba por allí y lo veía esperando como un gil, pero el muy serio me diría después que él se había dicho que ese día no se perdería la oportunidad de ver los nuevos pechos de Jennifer (y, después estuvo muy contento y satisfecho, por hacerlo). No me molestaba en lo absoluto que otros disfrutaran los favores de Jennifer; muy diferente a lo que después me pasó con otra chica —de la que más adelante les contaré—, que no quería recomendar a nadie, ni mucho menos quería que alguien conocido estuviera con ella, por lo que llegué a decirle a Hiro que si alguna vez entraba con ella, le rompía la cara —claro, que por joder llegaría a entrar con ella, pero yo no le rompí la cara cuando me lo confesó, porque ya en ese tiempo había dejado de ser un principiante en el ambiente puteril—. A mis amigos no les dije, pero no había diferencia que todo el mundo se acostara con Jennifer, pues ningún hombre podría afirmar haber poseído a esa mujer, ni ella estaría convencida de que alguna vez fue poseída por un hombre. | 
17/09/07, 21:34:30
| | Soldado | | Fecha de Ingreso: sep 2006
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| | [Paola] Puedo decirles que a un tipo como Hiro —putero reconocido y escritor en ciernes—, nunca lo encontrarán si lo están buscando; a él tienes que encontrarlo de pura casualidad. No tiene celular, y cuando quieres ubicarle en su casa, por el contrario te dicen que por favor trates de ubicarlo tú a él, porque hace tiempo no lo ven. A diferencia de mí –que tengo que pasar la vergüenza de mi vida todos los días como dependiente en un conocido supermercado–, Hiro no conoce el trabajo estable y, más de las veces, no conoce trabajo alguno. Hiro es un bohemio, le apasiona la literatura y gusta frecuentar los prostíbulos. Algunas veces le encuentro revisando un libro en el puesto de algún librero de Amazonas; y él apenas se vuelve a verme, para después —sin despegar su vista del libro— dar, de manera impersonal, una ácida crítica de lo que está leyendo —el libro que seguramente no comprará, si es que ha estado puteando en los últimos días—; y yo le escuchó fingiendo estar interesado, pues no comparto su pasión por la literatura —aunque claro, sí he leído un par de buenos libros—; lo cierto es que nunca me ha gustado ser coparticipe de una fantasía, ni durante el tiempo que había estado con Rosita había tenido la necesidad de hacerlo, y después que Rosita me dejó, tampoco. Ese ambiente de los prostíbulos cambia a las gentes, ya lo creo que sí. Es como si algo se degradara en ellos; una corrupción que se muestra en sus caras, en sus cuerpos, en sus modales, y hasta en su forma de hablar que los hace inconfundibles con los demás. Por eso sé que Hiro —putero reconocido— nunca atraerá a una mujer decente, lo suficiente lista como para percatarse de algo podrido en él (es por eso que con frecuencia le digo que vaya escogiendo a la chica a la que sacará del negocio). De esa corrupción, me di cuenta por Paola; ya que ese cuerpo que no era muy grande, aunque sí bastante obeso, podía atestiguar todas las vilezas que una mujer tiene que estar sometida para convertirse en toda una puta. Después de estar con ella, el recuerdo de Paola me serviría para medir el nivel de corrupción de las demás, teniéndola a ella como nivel máximo y difícilmente superable (corrupción que me hubiera gustado que Rosita llegase a tener por mi causa; pero no sería conmigo, sino con otro, o tal vez con otros, quién sabe, y finalmente, a quién diablos importa). La verdad es que entré con Paola porque justo ese día quería experimentar algo verdaderamente bajo con una puta que tuviera la apariencia de prestarse para el asunto; y ella tenía la apariencia de esas mujeres que no le tienen asco a nada, lo que era ideal para esa ocasión, pues tenía varias ideas pervertidas en la mente y quería experimentarlas con una mujer que ya había hecho lo que yo sólo lo imaginaba. Pero fui bastante ingenuo aquella vez —lo que puede justificarse por mi poca experiencia en el ambiente puteril—; pues claro, no es suficiente que una mujer tenga cara de cachera, porque si vas a tener que pagar por ella, mejor le ves todo y luego te decides, y evitas el duro golpe en la conciencia que el cuerpo desnudo de una puta obesa puede ocasionar a cualquier hombre. Se desnudó, pues, la puta esa, y depositó toda su obesidad en la cama para después ponerme el preservativo; le vi los rollos que le colgaban del abdomen, y fue en ese momento cuando empecé a reprocharme que debí haber visto bien antes de entrar (pero qué se va hacer, cuando estás dentro no hay marcha atrás, las cosas tienen que pasar, cualquier cosa que te joda lo dejas para cuando salgas, para el momento que arrepientas de haber entrado). Entonces, pensé que, pese a todo, debía estar a las alturas de las circunstancias. Así que la gorda esa me puso el preservativo y comenzó a chupármela. Lo hacía con experiencia, por lo menos no me había equivocado sobre su gran recorrido. Era la más estrecha habitación del lugar, casi no había espacio para moverse, todo lo que hubiera querido hacer lo tenía que hacer en la cama; lo que era muy decepcionante para mí; pues antes de entrar al burdel, me había imaginado algunas poses que no incluían precisamente la cama; estaba decepcionado, sobre todo, porque dentro de la habitación y viéndola desnuda, me pareció bastante ofensivo compartir la misma cama con una puta como esa. Entonces, se echó sobre la cama y abrió sus piernas, no tenía buenos pechos, parecían que habían sido excesivamente chupados, así que aunque me dijo que se los podía chupar, desistí en hacerlo. Debía tener un recorrido más largo de lo que me había imaginado, porque apenas sentía que estaba penetrando algo; la gorda aprisionó mi cintura con sus piernas y empezó a jadear; claro que no me la creí, así que le empecé a hacer conversación, como si estuviéramos haciendo cualquier cosa menos sexo (cosa que hubiera preferido que fuese cierto). Me tiró sobre la cama y quiso ponerse encima, pero yo ni loco, no iba a dejar que una gorda como esa se moviera encima de mí (que tal si en una de esas, la gorda no pudiera controlar sus movimientos y se cayera pesadamente de la cama, demonios, que ni siquiera me hubiera gustado imaginármelo; cosas así podían desgraciar a cualquiera). Así que le dije que se pusiera en cuatro, en la pose del perrito, y así lo hizo. ¡Qué nalgas más grandes!, en mi vida había visto que las nalgas de una mujer se extendieran tanto; me sentí intimidado (presiento que cualquiera se intimidaría por penetrar dentro de tanta carne extendida). Le cogí con fuerza la poca extensión de nalga que podía agarrarle, y le comencé a dar, mientras veía nuestros cuerpos de perfil en el espejo (realmente no era una mujer muy grande, era chata, pero muy gorda; mucha carne para tan pequeño cuerpo). También era sobre lo contranatural, de lo que había estado pensando antes de entrar al burdel ese. Nunca lo había hecho de esa forma, y apenas me gustaba la idea, pero como ya lo dije, ese día estaba con ganas de hacer algo realmente bajo. Al parecer había encontrado la mujer adecuada, pues jamás había visto tanta corrupción junta en una sola mujer. Ella dirigió el acto contranatura, y no me sorprendí de que por esa vía también se notara el gran recorrido de esa puta. Me vi en el espejo —siempre de perfil— como para convencerme de que al fin lo estaba haciendo de esa forma (algo tan bajo que jamás Rosita compartiría conmigo, sino con otro, tal vez con otros, quién sabe, y finalmente, a quién diablos importa); pero la verdad es que fue más excitante verme en el espejo como lo hacía que ver a la gorda en cuatro. Por fin acabé y la gorda levantó su voluminosa existencia de la cama y me dijo que eran veinte soles más. “La cara de cachera sí, pero también de pendeja” —le dije Hiro cuando caminábamos entre los libreros de Amazonas. Paola es una puta que lleva varios cuerpos de delantera a cualquiera, hasta al que se cree el más pendejo, lo supe apenas cerró la puerta y comenzó a desvestirse (muy diferente a Giannina, que será muy cachera, o muy pendeja, pero ni se nota). Tan convencido estaba de lo avezada que era Paola que en plena acción no dejaba de ver mis pantalones, porque el cuarto era tan estrecho, que la muy pendeja sólo tenía que estirar la mano, mientras estaba distraído, y ¡zas!, me dejaba sin billetera. Cuando me saqué el preservativo para asearme, sentí asco, no tanto por haber hecho sexo anal, sino por haber hecho sexo anal con una puta como esa. Un asco que sentí durante varios días, hasta que tuve que volver a estar con otra mujer, para sacarme ese mal sabor de boca. | 
24/09/07, 19:58:32
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| | [Edith] Cuando me encuentro con Beto —lascivo compulsivo y trabajador público relajado— las chelas van y vienen; y aunque a mí no me gusta tomar, porque no me produce ningún placer —mas bien me entorpece y no me ayuda para hacer nada que valga la pena—, siempre es divertido y estimulante conversar con un fanfarrón como Beto. Deben saber que mis encuentros con Beto son casi inevitables, tanto que me he puesto a pensar la forma de evitarlos; pero sé que sería en vano, porque en cualquier distracción voy a escuchar su voz llamándome, y sé que luego estaré en medio de las chelas que van y vienen, y sé que después no seré capaz de hacer nada que valga la pena. La última vez estuvimos tomando en una chingana de la Marina; él contándome dizque de todas sus hazañas con todas las mujeres no-putas con las que había tirado, y yo escuchando atento, fingiendo que le creía todo lo que me decía, mientras que las chelas iban y venían. Beto es un tipo listo; dotado desde el nacimiento de un ingenio que ni Hiro, con toda la literatura que ha leído, ni yo, con todas las ganas de ser cada día menos ingenuo, podremos alcanzar. Es tan listo que sabe a quién buscar para contar sus aventuras con las mujeres no-putas, (porque sólo alguien con ingenio sabe reconocer a su público; para recibir, al fin y al cabo, los aplausos que tanto busca). Y yo encajo en ese público que Beto requiere, ya que no tengo tanta experiencia con las mujeres no-putas —sin contar a Rosita que no parecía, pero lo era—, y las chelas hacen que parezca escuchar todo lo que me dicen con atención y credulidad, aunque la verdad es que las chelas no me provocan hacer nada más. La última vez que estuvimos tomando, salimos casi a medianoche, tambaleándonos, en dirección a su carro prehistórico, pero Beto se detuvo para hablar con unas merecas que se exhibían al costado de la chingana; pero yo, que no tenía ganas de hacer nada, me senté en el capó del carro prehistórico, tratando de incorporarme a la ecuanimidad. Las merecas vinieron con Beto, y él me dijo si yo quería y tenía. En ese momento recién me pude dar cuenta de sus fisonomías: una era alta, abundante, podría haber pasado por bonita; y la otra era baja, más delgada y con cara de cachera. Registré mis bolsillos y no tenía ni un cochino sol. Aunque Beto —trabajador público relajado— usualmente no le falta el dinero, esa vez andaba escaso. En fin, no me arrepiento, porque no es lo mismo que dar vuelta y vuelta por un chongo, indeciso por no saber dónde meter la cabeza, (porque al menos ahí tienes alternativas, puedes elegir, y te aguantas si te equivocas; si cuando se saca la ropa no era otra cosa que una lechona bastante apretada; pero para que eso no ocurra, necesitas experiencia, mucha experiencia). Ya había aprendido una lección con la puta esa de Paola: desconfiar de las putas que se tapan demasiado, mejor si llevan poca ropa, para que le puedas ver todo y no te lleves una pelada brava. Mejor si llevaban un bikini como Edith, que en verdad parecía una modelo de la tele que podía hacer babear a cualquier con sólo verla. La primera vez que vi a Edith, compartía cuarto con otra chica, estaba con un bikini negro, era alta, espigada, tenía una piel limpia, sin nada que le colgara por ninguna parte; un largo cabello negro ensortijado, rostro encantador, ojos achinados, nariz pequeña, labios carnosos; una modelo, realmente. Estaba sentado en el bar y cuando la vi me quedé clavado en el asiento. Luego, la chica se fue en dirección a la entrada del prostíbulo, y yo no atiné a hacer nada, seguí clavado en el asiento, estático, atónito, ahuevado. Cuando dejé de estarlo, me incorporé, fui por donde se había ido, pero no la vi; di varias vueltas por el local, y no la pude encontrar, resignado me metí en un cuarto, salí bastante satisfecho, no quise buscarla más, y me fui. No la volví a ver sino después de muchas semanas; ella ya tenía un cuarto propio, y sin hacerme el cojudo de preguntar lo que todos preguntan para recibir como respuesta lo que todos saben que dirán, entré en su habitación, temblando, casi, casi, como un principiante, casi, casi, como si fuera la primera vez. Edith se acercó hacía mi, me miró con esos ojos negros hipnotizantes y comenzó a acariciarme, mientras que yo dejaba de temblar, convencido de que esa no era la primera vez. Desnudos y de pie, al costado de la cama, acaricié su cuerpo, su espalda, su cintura; ella metía su delgada pierna entre mis piernas, sobando y sobando. Sus cabellos que estaban mojados, olían tan bien; no dejábamos de acariciarnos, lo que me hacía entrar más en confianza, y me ponía aún más caliente. Sus pechos no eran tan grandes y tampoco sus caderas eran muy anchas, pero su cuerpo era muy armonioso, todo lo tenía en su proporción debida; tenía un cuerpo realmente hermoso. Me senté sobre la cama, ella se acercó y con sus manos comenzó a sobármela; la miraba mientras lo hacía, ella levantó la mirada y me sonrío; tenía una bella sonrisa. Me puse de pie y ella se sentó en el borde de la cama; me puso el preservativo, y comenzó a chupármela. Yo acariciaba sus cabellos mojados, cuando me lo chupaba; ella se sujetó de mis piernas y me lo chupo muy despacio. Se echó sobre la cama y abrió las piernas; me subí a la cama y se lo metí; levanté sus largas piernas para ponerlas sobre mis hombros, y le di, le di, muy despacio, quería verla, y ella me veía con esos ojos negros que harían perder la razón a cualquier hombre; tenía un rostro tan bello. Al principio quiso reprimir sus gemidos, pero al final no pudo. Se puso sobre la cama en la pose del perrito, y yo me puse detrás para ver todos sus secretos; era hermosa hasta por ahí. Se lo metí con fuerza, agarré sus nalgas y le di, le di. Vi nuestros cuerpos en el espejo, ella también volvió a verse, nuestras miradas se cruzaron en el espejo, y en ese momento –a diferencia con Jennifer– no sé por qué me pareció que los dos admitíamos lo que estaba sucediendo. Vi toda la parte posterior de su cuerpo, desde su cabellera negra, su espalda que se hundía, su cintura que en toda su estrechez sabía explosionar en lo abultado de sus nalgas, la oscuridad que reinaba entre sus piernas y que admitía y prohibía el sexo ajeno. Ahora ponte tú arriba, le dije. Me eché sobre la cama y la esperé. Su largo cuerpo se acomodó sobre el mío; ella dispuso nuestros sexos a su voluntad, y comenzó a moverse como las chicas que se mueven excitadas en el escenario del local; le agarré los pechos, mientras ella no dejaba de moverse como si hubiese perdido el control de su cuerpo. Lo cierto es que necesitaba tenerla encima de mí, quería ver todo su cuerpo moviéndose sobre mí, con toda esa generosidad que no necesitan mujeres tan bellas como ella —como Jennifer, por ejemplo, que sólo debía desnudarse y abrir las piernas para dejar satisfecho a cualquier hombre—; porque, en esa forma pasiva, buscaba desechar la idea de que la posesión de una mujer así podría ser posible, quería convencerme al fin de cuentas, de que eso no era más que una ficción y parte de su negocio. Edith tomó mis manos, sin dejar de moverse, y me dejó en otra parte, que no era ese pequeño cuarto de burdel. En otra parte del que sólo regresé cuando —ya vestido—, sentado en la cama, miraba cómo se volvía a poner el bikini negro y se arreglaba viéndose en el espejo. Me sonrió al darse cuenta de la forma en que la estaba viendo, y yo me incorporé, nos dimos un beso y salí del cuarto. Para Beto es más fácil relatar todas sus hazañas sexuales con todas las mujeres no-putas que dice haber tirado, mientras las chelas van y vienen, y yo le escucho y finjo interesarme y hasta asombrarme por todo lo que me cuenta. Cuando estoy borracho, no se me ocurre decirle que yo también he pasado buenos momentos con algunas mujeres, no sólo con las putas, sino también con las no-putas, y también con aquellas que aunque no parecían putas, sí lo eran (como Rosita, por ejemplo). Pero no digo nada, porque —como ya les dije— cuando estoy borracho no puedo hacer nada que realmente valga la pena, y más de las veces no hago nada. Por eso es que no me gusta tomar. | | Los siguientes usuarios le agradecieron a Esteban_Dedalus por este mensaje: | | 
01/10/07, 22:49:04
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| | [Sharon] Pero volvamos a ordenar un poco todo esto, aunque para eso tengamos que volver al principio. Pues lo que pasó con Jennifer, Paola o Edith, fueron sucesos muy posteriores. Digamos que cuando conocí a Paola era todavía un principiante, con Jennifer me gradúe de putero, y con Edith era ya todo un putero —no tanto como Hiro, pero bastante cerca—; quizá hasta tan avezado y corrupto como la puta esa de Paola, pero para eso debieron pasar muchas más putas en mi vida, no todas del burdel ese (pero da lo mismo, porque cuando las mujeres se meten en ese negocio casi no se distinguen mucho unas de otras). El caso es que —si aún lo recuerdan— en un principio les conté mi llegada a las afueras del prostíbulo en cuestión, y creo que es necesario que también les cuente lo que ocurrió antes de eso. Para algunos les debe parecer obvio que Beto fue el que inevitablemente me encontró a mí, y Hiro casualmente nos encontró a los dos. Tampoco es difícil imaginar que los tres terminamos en una chingana, donde Beto —lascivo compulsivo— agregó a sus clásicos relatos de aventuras con mujeres no-putas, la inesperada elaboración de una lista de mujeres no-putas de la facultad –donde se podría decir que estudiábamos los tres–, las mismas que inevitablemente tendrían que ceder a sus requerimientos sexuales, durante los cinco minutos de debilidad que —según Beto— toda mujer no-puta se convertía necesariamente en una puta. Beto no había encontrado ninguna objeción, ni por parte de Hiro, ni por parte mía, que en ese momento —como ya deben imaginárselo— de insoportable frustración amorosa, me importaba muy poco la suerte de cualquier mujer, ya sea puta o no-puta. Pero Beto es un tipo listo; pensó que mi evidente desinterés podía significar mi desconfiaba en que él podría lograrlo (lo que era muy cierto). Entonces, se le ocurrió apostar conmigo. La apuesta consistía en una caja de chelas, si tiraba con la primera de la lista de mujeres no-putas de la facultad, en un plazo de un mes. Hiro hizo de testigo y un apretón de manos selló la promesa del fiel cumplimiento de la apuesta. La primera de la lista era una chica de la facultad que tenía cara de tranquila pero cuerpo de forajida, que indudablemente me había despertado la libido más de una vez, y que hasta podría haberme interesado para algo más serio, pero como a mí —en esos tiempos de insoportable frustración amorosa — muy poco me importaba la suerte de cualquier mujer puta o no-puta, y creo que hasta de cualquier cosa que se moviera y respirara, me daba lo mismo apostar o no apostar, que a esa chica se la tiraran o no se la tiraran, o que todos se fueran a la mierda o no se fueran. Lo cierto es que —ese sábado de septiembre del año pasado— nos escapamos de las clases, y estuvimos tomando desde las once de la mañana, con el pretexto de esperar el almuerzo, y la seguimos hasta cerca de las tres, con el pretexto de asentar el almuerzo, cuando Hiro —putero reconocido— puso sobre la mesa —donde las chelas iban y venían— el tema de por qué no salíamos a putear esa tarde. Y como el tema de putear era conocido para la mayoría de la mesa —Beto y Hiro— y desconocido para una minoría —yo—, que no estaba dispuesta a divulgar que nunca en su vida había puteado, la decisión de ir a putear ese día fue acordada por unanimidad. Pero Hiro no quería conocer alguno de los chongos que abundaban en Lima y que él recorría prácticamente toda la semana, quería hacer una exploración puteril hacia zonas más alejadas y que le resultaban particularmente excitantes. Nos subimos, pues, al automóvil prehistórico de Beto, tomamos Evitamiento y enrumbamos al chongo de Huachipa —por sugerencia de Hiro—, donde encontraríamos puras chibolitas, tal y como Hiro había escuchado de otros puteros rankeados como él. Decisión que fue aprobada sólo por mayoría, porque yo cuando me subí al automóvil prehistórico ya no estaba en condiciones para hacer ningún tipo de manifestación de voluntad, y ni siquiera sólo de manifestarme. El lugar en cuestión quedaba en una especie de sótano, que a primera impresión me pareció un gallinero. Recorrimos en fila india el lugar entre los pasadizos estrechos y casi oscuros, pero sólo encontramos putitas de entre dieciocho y treinta años que tenían en sus rostros los inocultables rasgos andinos, por lo que siempre pasarían por cholitas. Yo —en toda mi embriaguez— quería no parecer un principiante en el puterío y me paré en una de las puertas de una cholita —que podría haber pasado por bonita— y me la quedé viendo. La cholita se dio cuenta del asunto —de mi inexperiencia en el puterío—, y comenzó a exponer su precio, tiempo y servicios. Entonces, saqué la cuenta sobre lo que una puta esperaba que le preguntaran; así fue que aprendí abordar a una puta. Salimos del sótano que parecía un gallinero, con Beto muy molesto por el pobre nivel del lugar, por lo que increpó a Hiro que él se estimaba demasiado para tener que tirar en un lupanar como ese, y que él conocía lugares mejores, dignos de él, donde podía tirar a gusto, con toda tranquilidad, con mucha higiene, y con unas mujeres que parecían modelos de la tele. Hiro aceptó que el lugar ese era bastante modesto, no tanto como el San Pepe, que a su juicio era incomparablemente más cochino, ni como el Troca, que a su entender sólo estaba en un nivel un poco más alto que el chongo de Huachipa (pero lo que más fastidiaba a Hiro era no haber encontrado las chibolitas que otros puteros tan rankeados como él le habían dicho que encontraría, y luego supimos que no las encontramos porque había caído la tombería por allí justo unos días antes; por eso es que sólo había encontrado cholitas de un nivel que el podría muy bien habérselas tirado sin gastar un sol). Y ese fue el primer chongo que pisé, cuando aún era un principiante en el ambiente puteril, tanto que no sabía ni cómo abordar a una de ellas. Pero poco a poco aprendería más del asunto, hasta convertirme en todo un putero — no tanto como Hiro, pero bastante cerca —, para, tal vez, hundirme en toda la corrupción del ambiente puteril. Así de corrupto las abordaba con más cancha, aunque por mi rostro —de diligente dependiente de supermercado— podría dar la impresión que aún era un principiante, pero lo cierto era que ya había vivido las suficientes experiencias como para ya no volver a ser el mismo. | | Los siguientes usuarios le agradecieron a Esteban_Dedalus por este mensaje: | | 
01/10/07, 22:51:14
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| | [Sharon] (continuación) En esas condiciones me conoció Sharon. Ella también se dejó llevar por mi apariencia de principiante en el ambiente puteril, pero se dio una pelada brava. Recuerdo que nada me convencía aquella vez. No quería hacer cola en la puerta de Jennifer, no quería sufrir el temperamento voluble de Giannina, no podía encontrar por ninguna parte a Edith. Hasta que hubo una chica que finalmente me atrajo, tenía la piel de Giannina y el porte de Edith, pero un tipo espeso le hacía conversación. Me paré delante de su puerta, apoyado en la pared, para esperar que el tipo ese se cansara, entrara, o se fuera. Pero el tipo seguía dale y dale, metiéndole letra (“qué hijo de puta”, me decía para mis adentros). En eso estaba hasta que la chica que atendía al costado de donde estaba parado, dándose cuenta de la situación —de mi manifiesta arrechura—, se lanzó sobre mí, puso una mano sobre mi hombro y con la otra me agarró de la cintura. Me comenzó a incitar entrar a su cuarto, con una voz suave, y una apariencia complaciente; mientras yo me decía para mis adentros que esa chica había caído en el cuento de que yo era un principiante en el puterío, que podía caer a la primera insinuación, y que podía ser tan ingenuo de dejarse engañar por alguna de ellas. Le pregunté si hacía “el especial”—porque ya sabía lo que era eso— y ella me dijo que sí; al mismo precio, le volví a preguntar, y ella dijo que sí —dándose cuenta en ese momento de que mi apariencia no guardaba ninguna relación con mi experiencia en el puterío—; “ya voy a ver”, le dije, y ella volvió a la puerta de su cuarto. El hijo de puta no se cansaba en hacerle conversación a la que le tenía ganas, estaba a punto de meterme entre ellos y preguntarle a la puta esa por sus servicios, pero desistí en hacerlo, porque ya tenía la cabeza caliente, y era casi seguro que una chica tan guapa como ella no iba aceptar un servicio completo, y era casi seguro que se mostraría aburrida hasta de hacer un servicio normal. Me decidí por fin por la chica que me había dicho sí a todo. No era tan bonita pero para lo que iba a ser con ella no me importaba. Lo primero que se le ocurrió fue ser amable conmigo, pero sólo recibía frías respuestas de parte mía. Ya desnudos me dijo que me acercara a la cama para ponerme el preservativo y comenzar a chupármelo, pero yo le dije que no, que ella se acercara y se pusiera de cuclillas para hacerlo. Y así lo hizo. “Hazlo más fuerte… hazlo más rápido… chúpalo bien”, le decía. Ella sólo sabía obedecer. “Detente y ponte sobre mí”, le dije. Me senté sobre la cama y ella vino a disponer su sexo sobre el mío. La puta comenzó a moverse y a gemir. A mí me importó muy poco que fingiera o no. Le agarré de las nalgas y la levanté en peso, la arrimé contra la puerta del cuarto y le di con fuerza. Ella agarraba mi espalda con desesperación. Parecía excitada, pero a mí no me importaba que fuera cierto o no. La llevé hacia la cama y la tiré con rudeza; me puse sobre ella de horcajadas, hasta llegar a su boca. “Chúpalo”, le dije, y ella consintió. Abrí completamente sus piernas y le di, tomé una de sus piernas y le seguí dando, las puse de costado y le daba con más fuerza. “Ponte en cuatro”, le dije. Le hice anal sin esperar que ella se pusiera lubricante, y creo que sin que ella esperase que lo hiciera. Veía en los espejos como al principio se movía algo fastidida, y luego cuando se dio cuenta que yo era un tipo más grande y fuerte que ella, la vi resignada apoyando su rostro sobre las sábanas, casi sin ganas de seguir gritando. Estuve así el mayor tiempo que estuve dentro de ese cuarto, agarrando sus nalgas con fuerza y golpeándolas también, ruidosamente. “Ya acabé”, le dije. Me fui a asearme, ella ya no me decía nada, ya se le había quitado las ganas de ser amable conmigo. Apenas la vi para despedirme y salí del cuarto. Para que llegara a ese nivel de corrupción habría de pasar muchas cosas. Pero, les sigo contando sobre esa primera incursión puteril. Dentro del automóvil prehistórico Beto soltó el nombre ese, donde —según él— se podían encontrar putas que no parecían putas, y más aún, podían hacerte babear de solo verlas, porque hasta parecían modelos de la tele; y al escuchar eso Hiro se frotó las manos ruidosamente, y yo pensé que tal vez no era tan mala idea gastar más de lo que había previsto con tal de ver a esas putas que no parecían putas, y pensé que tal vez, con un poco de suerte, podía encontrar a una que se pareciera a ella —que sin parecerlo también era una puta—; de tal forma que pudiera hacer con una puta parecida a ella lo que tanto quería hacer con ella (si no fuera tan puta). Y aunque yo hubiera esperado algo más modesto, para que por lo menos me alcanzara también para el chifa o el caldo de gallina —muy necesario para recuperar energías después del cache—, y para el pasaje de vuelta a casa, por supuesto; la verdad es que —en esos tiempos de insoportable frustración amorosa — me daba lo mismo tirar en un lupanar como el chongo de Huachipa o en un sitio más ficho como el de las putas que no parecían putas. Serían aproximadamente las cinco y media, cuando tomamos la Argentina. | | Los siguientes usuarios le agradecieron a Esteban_Dedalus por este mensaje: | | 
01/10/07, 23:23:41
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| | Buenas Historias Que bien que haya rescatado esas historias Hermano Esteban_Dedalus. Siempre es bueno leer estos relatos eróticos porque deleitan la mente así como las imágenes deleitan la vista.
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08/10/07, 22:02:39
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| | [Shantall] Aunque para dar el paso definitivo —dejar de ser principiante— tenía que pasar una prueba decisiva. Hiro —escritor en ciernes— había escrito algo al respecto, lo había leído en una de sus cuentos que me enseñó, porque quería la crítica de alguien que compartiera su misma pasión por la literatura. No me sorprendí cuando me eligió a mí, era de suponer, porque algunas veces nos habíamos encontrado de casualidad por los libreros de Amazonas, y no era raro pensar que me encontrara en ese lugar por alguna afición desmedida por la literatura, pero la verdad es que en aquellos tiempos —de insoportable frustración amorosa— solía recaer en diversos lugares sin la mayor idea del por qué lo hacía. Creo que por honestidad debí de haber rechazado leer el relato de Hiro, pero no lo hice porque en esos tiempos me hubiera decidido hacer cualquier cosa sin antes pensar si debía o no hacerlo; lo acepté, sobre todo, porque, al fin y al cabo, Hiro era un buen amigo, y me sentía capaz de tener el suficiente tino para no hacerle una crítica despiadada, y hacerle comprender que todo lo que un ser humano se propone hacer es perfectible —a no ser que fuera un genio, pero esos eran muy pocos y raros, y Hiro hasta ahora no me había parecido raro—; y además, porque me sentía con cierta autoridad para hacer una crítica literaria, porque al fin de cuentas, había leído un par de buenos libros. El cuento en mención era sobre el hijo de puta del Chino —proxeneta solapa—, que me pareció un relato digno de un escritor en ciernes como Hiro, pues aún no podía escapar de sus influencias —que los conocía—, por lo que no pasaba de la mera imitación sin meterse de lleno en su propia creación. En uno de los párrafos de esa historia, decía que lo peor que le podía suceder a un parroquiano —se entiende que un principiante, aún no putero— era que una de esas chicas —del local del Chino— no se le pudiera ir de la cabeza, de tal forma que se convirtiera en una especie de adicción que sólo encontraba alivio cuando tenía sexo con su chica favorita, y le causaba angustia cuando no podía hacerlo mientras se imaginaba la interminable fila de hombres que tenían sexo con su preferida en el mismo momento en que él daría todo por estar en esa fila. Al respecto, Hiro agregaba que eso le podía pasar a cualquiera, ya sea al más listo o al más estúpido, porque ellas eran como una afrenta a la inteligencia de cualquier hombre; tanto que hasta el Chino —que para Hiro es un tipo listo, pero para mí no es más que un hijo de puta—, había caído en esa especie de adicción, y le jodía tanto que una fila interminable de tipos no diera respiro a su chica favorita, la nueva reina del lugar —obviamente Jennifer—, que se la había agarrado con todos los parroquianos. En esa línea, Hiro concluía que el Chino —al igual que los parroquianos—, también había caído en el cuento, pese a que —según él— era muy listo, no había podido evitar ser engañado. A partir de ese momento —que para mí es lo más rescatable de su relato— es que Hiro deja de ser un ciego seguidor de sus escritores favoritos —que los conozco— y se parece más al Hiro que yo conozco, un tipo que si bien predispuesto a ser coparticipe de una fantasía, no se despega del todo de la realidad ni por un instante. Lo central en esa parte del relato era que el gran engaño comenzaba cuando una de esas chicas abría las piernas y el parroquiano —se entiende que un principiante, aún no putero— caía redondo. Para Hiro esas chicas saben del asunto de antemano, según él, porque son rankeadas en el negocio, tanto que han llegado a tener la objetividad de cualquier profesional, por eso es que han podido enervar la degradante corrupción del ambiente puteril mediante el engaño. Para mí eso era creíble, porque estoy convencido que no hay mujer estúpida, sólo una que es tan buena actriz que puede parecer estúpida. Para Hiro, esas chicas, además, tenían suerte que el proxeneta sea un hombre, porque así el engaño era completo. El asunto en cuestión me dejó pensando durante varios días, más que nada porque estaba frente a la gran prueba que debía pasar cualquier principiante en el ambiente puteril. Al principio me pareció que Hiro exageraba, pero después comencé a tener más claro el asunto. Era evidente que esas chicas tan rankeadas en el negocio y, por tanto, nada estúpidas, no se dejarían arrastrar por la creciente corrupción del ambiente puteril. Hiro para eso ponía como ejemplo a Jennifer, pues, según él, no había nada que la pudiera corromper más, se mostraba así ante todos, casi como si fuera inmutable a todo; así, podían pasar mil hombres más por su cama y ella seguiría igual (fue a partir de esa explicación que saqué la cuenta del porqué Hiro nunca quiso entrar en el cuarto de Jennifer). Comprendí, entonces, que el parroquiano —se entiende que un principiante, aún no putero— caía en el cuento —justo cuando una de esas chicas abría las piernas—, de que mediante el solo sometimiento, con todas las potencialidades y habilidades sexuales que se imaginaba tener —muchas veces, otro engaño— podía corromper aún más ese cuerpo que ya no permitía que nada lo corrompiese más. Esas chicas, mediante el engaño, lograban que el negocio no les afectara en nada. La verdad es que no me sorprendí que eso fuera cierto, cualquier mujer lleva en ingenio varios cuerpos de ventaja a cualquier hombre, y si es una mujer del negocio puteril, que conoce a tantos hombres, esa ventaja sólo se puede medir en años luz. Al fin comprendí a qué se refería Hiro, cuando decía que en todo esto —el puterío en sentido extenso— el parroquiano era el que siempre quedaba mal parado y que más de las veces no se daba cuenta de ello; porque por lo menos el proxeneta se forraba en dinero. “Pobre del hombre que cayera no sólo en el cuento, sino en el sometimiento por una de ellas”, escribía Hiro. En ese caso, había que tomar en cuenta que tan malvada podía ser la chica en cuestión, si era como Paola, Dios libre al parroquiano, pero si era como Shantall, el parroquiano podía sentirse más seguro de que sólo podía ser engañado. Se habrán dado cuenta que los ojos de Shantall no brillan como los de Jennifer, más bien los tiene apagados, como los de Giannina. Aunque todas saben del engaño, a sólo algunas les da como remordimiento. Si bien los ojos de Shantall no brillan como los de Jennifer, sus ojos revelan que nunca podrá ser tan malvada. Sólo en el interior de esos ojos se puede comprobar que en verdad no es tan mala esa mujer, como para estar en ese negocio. La bondad o maldad de esas chicas no tiene nada que ver con que se acostumbren a esa vida, o tengan que engañar al parroquiano (aún principiante). Y ahí tienen la primera prueba: cuando crees que es bastante injusto que alguien así esté en ese negocio. Pero ahí también tienen la respuesta con la cual afrontar ese primer obstáculo: la vida, en verdad, no es justa. Sus ojos me miraron fijamente, cuando trataba de ser amable y hacerme sentir bien, y en verdad lo conseguía; hacía que me olvide un poco de nuestra situación y de que la vida, en realidad, no es justa. Sus ojos se cerraron cuando comenzó a chupármela y yo miraba como intentaba complacerme con eso, y en verdad lo hacía. Los pechos de Shantall se mostraban firmes y desafiantes, con toda esa voluptuosidad femenina que inhibe cualquier razonamiento, en el instante mismo en que mi mente no encontraba otro espacio en que detener la visión, sino en la sola contemplación de sus prominentes pechos; los que atrajeron mi boca casi instintivamente, tanto como a su boca, pero ella no lo consintió, y me alegré por eso, que no lo consintiera, que no aceptara un roce que de haberse producido hubiese sido suficiente para sucumbir por completo. Por eso es que no me molesté que ella me dijera que no, que no podía besar sus pechos, ni tampoco su boca. | 
08/10/07, 22:06:24
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| | [Shantall] (Continuación) Su cintura era delgada, sus caderas no eran tan anchas pero suficientemente sinuosas como para excitar mi lujuria. Sus piernas no eran muy largas, pero habían sido modeladas con suavidad. La verdad es que no era tan grande, pero todo en ella parecía suficiente. Creo que nadie se atrevería a poner más ni a quitar algo de su cuerpo. Cuando se echó sobre la cama y abrió las piernas presentí que se acercaba la segunda prueba. Vi su sexo oscuro, ella me miró fijamente, y la penetré. Ella cerró sus ojos cuando comencé a sacudir su cuerpo, y empezó acariciar mi cuerpo y a gemir. Supuse que no era en mí en que pensaba cuando me acariciaba y parecía disfrutarlo. Pero eso a mí no me importaba, porque la segunda prueba requería que no me creyera el cuento, que no fuera tan ingenuo en creer que ella lo aceptaba y lo consentía, cuando ella sólo lo hacía. Todo no era más que una ficción, una posesión imposible de un cuerpo que jamás aceptaría ser poseído de esa manera (esta era la prueba fundamental, luego de ese convencimiento, el sexo se volvería algo profesional, como ellas lo hacen, tan sólo sucedería y no tendría que tener mayor importancia, como muchas cosas que ocurren, sin consecuencia alguna). Pero faltaba una prueba más, la última, que se anunciaba ante la inevitable proximidad del punto sin retorno, cuando amenazaba sobrevenir la pequeña muerte –una que parece ser más intensa, y que cualquiera quisiera que fuera más durable, tal vez eterna–, en el preciso momento cuando la agitación de nuestros cuerpos nos conducía hasta el desfallecimiento, únicamente por desgaste, por cansancio, no por placer, ni por algo más. Aquella pequeña muerte que supo llevarme a otro sitio, pero del que debí volver lo más pronto posible, a ese lugar, a ese cuarto, con ella, sobre la cama, desnudos, con el látex en medio de los dos, que nos separaba, y que acaso nos protegía. Entonces, había superado la tercera prueba, y dejé de ser un principiante. Nos despedimos con un beso sobre la cama, y nos dijimos adiós; cuando salí dejé la puerta abierta, porque los dos esperábamos que alguien más entrara; quién fuera —pese a lo que alguna vez le dije a Hiro—, la verdad que a ninguno de los dos importaba. Tuve que preguntar muchas cosas a Hiro, respecto a ese extenso párrafo de su cuento sobre el Chino —que era lo más rescatable de su relato—, para tener las cosas más claro. Pero Hiro tampoco estaba muy seguro de lo que había escrito, es decir, creía que le faltaban argumentos para sostener aquéllo. Lo que yo le aconsejé fue que esa idea debía servirle como base para una historia más ambiciosa, pero Hiro no tiene el espíritu para soportar tareas de largo aliento (Hiro es un cuentista porque no tiene la suficiente motivación para emprender labores más extensas, y aún así tiene más cuentos inconclusos que concluidos). Lo cierto es que todo lo que Hiro hace siempre será un trabajo a medias. Lo que sí debo de reconocer es que leer esa parte de su cuento me ayudó —por decir de alguna manera— para dejar de ser un principiante en el ambiente puteril. No es que realmente haya querido meterme hasta la coronilla en un ambiente tan corrupto como el de los prostíbulos, pero pensé que si ya estaba encaminado, era mejor acomodarme bien y no parecer tan ingenuo. La última vez que encontré a Hiro —de pura casualidad entre los libreros de Amazonas—, me dijo que lo había convencido en desarrollar esa idea en una historia de mayores pretensiones, por eso iba documentándose respecto de algunas otras ideas que le servirían de marco para su idea central. Fue ahí cuando me habló de su interés por el mito de Ícaro y Dédalo; del impetuoso Ícaro que en toda su embriaguez por la absoluta libertad, se acercó tanto al sol que cayó al mar; y de Dédalo, que tuvo la prudencia necesaria para no acercarse tanto ni al sol ni al mar, y escapar, al fin y al cabo, del laberinto que el mismo creó; según Hiro para no ser consumido por el ambiente puteril había que seguir un planeo tan sensato como el de Dédalo, ni creerse el cuento por completo, ni caer redondo en la corrupción absoluta; lo que, para Hiro, es algo que las chicas del lugar ese, como rankeadas en el negocio, también sabían de antemano, por eso se lucían desinhibidas en las puertas de sus cuartos, excitando a cualquier hombre que se acercaba atraído por sus bellezas, incitando a los hombres a entrar en sus cuartos, para desnudarse ante ellos y despertarles toda su lujuria, abrir sus piernas y hacerlos caer en el engaño, llevarles hacia otro lugar en el momento cumbre de la pasión, para después vestirse tranquilamente, despedirse del amante ocasional y volverse a parar en la puerta de su cuarto, como si realmente nada hubieran hecho, tan impasibles como si nada más en ella fuera a cambiar, porque saben que aún si entraran mil hombres más en sus cuartos, ellas deberán volver a la puerta de su cuarto como si nada hubiera ocurrido, siempre victoriosas sobre cualquier hombre, nunca vencidas por su inútil afán de posesión, siempre invictas. | 
10/10/07, 20:51:16
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| | | Que buenas historias Hermano. Los argumentos de cada una (o de todas)pueden encajar perfectamente en alguna obra de teatro o de cine y ser éxitos por la forma como se desenvueven por que te llevan a la escena durante el relato.
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15/10/07, 22:34:09
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| | [Giannina] Ingresamos, pues, al burdel ese. Tomamos el pasadizo derecho. A la izquierda y a la derecha del corredor, asomaban algunas cabecitas, alertadas por los timbres que precedieron nuestra entrada. Había muchos cuartos vacíos, serían casi las seis. Algunas chicas transitaban con diferente vestido. Con esos vestidos, esas chicas parecían poder ser capaces de hacer cualquier cosa menos eso. Dimos una vuelta al lugar. Realmente había poco que ver. Beto nos dijo que las del segundo turno no tardarían en ubicarse en sus lugares, y ahí veríamos lo bueno. Nos fuimos a sentamos en los sillones, al pie del escenario, y Beto nos invitó unas chelas. Me puse a curiosear el escenario que permanecía oscuro, donde un tipo estaba limpiando los espejos que rodeaban el estrado. Beto, viéndome tan distraído con eso, nos dijo que algunas chicas salían a calatearse ahí y que ya lo veríamos cuando las del segundo turno se ubicaran en sus lugares, ahí veríamos lo bueno. Tomé el primer sorbo de chela y sentí que ya había tomado demasiado por ese día. No había música en el interior, todo estaba tan silencioso que podíamos escuchar los murmullos tanto de las chicas del segundo turno, que se alistaban para entrar en acción, como las del primer turno, que dejarían la posta. Un sonoro y largo timbre lleno el lugar, y todas las chicas, aún con los vestidos –por lo que pasarían por cualquier cosa menos por eso–, se dirigieron a la entrada del local. Un codazo de Beto me despertó, una chica había salido a bailar al escenario; era delgada, pequeña, blanca, en los vapores de la embriaguez me pareció que podría parecerse a, si forzaba un poco mi mente, tal vez haciendo un poco de esfuerzo podría hacer que se pareciera bastante. Terminé de beber mi chela justo cuando la chica se cubría los pechos desnudos con una toalla, bajó del escenario y se perdió por el pasadizo lateral. Hiro se incorporó y fue tras de ella. Beto me dio otro codazo y me dijo para dar una vuelta, y yo parecí que lo pensaba bastante. Quería levantarme pero algo me lo impedía. Había bebido demasiado. Haciendo un gran esfuerzo por fin pude levantarme, esperé estabilizarme para no caer de bruces sobre el suelo, y seguí a Beto que se adelantaba por el pasadizo lateral al escenario. Dimos una vuelta y al fin pude ver más claramente lo que era ese sitio; se veían más cabecitas salientes, muchas puertas estaban cerradas, y hasta se podía uno chocar con algún pata distraído. Prácticamente todas las chicas estaban con lencería y me parecieron realmente guapas. Mi cuerpo comenzó a temblar y supuse que era porque había bebido demasiado. Volvimos a pasar por la entrada y ni siquiera me fije en ella. Pensé que si Beto era un tipo tan listo como me imaginaba, se daría cuenta fácilmente que no sabía nada del asunto. Entonces, decidí pararme en cada puerta que encontraba abierta para meter letra a las chicas, ya con la experiencia del chongo de Huachipa, sabía lo que ellas esperaban que le preguntaran. Pero algo pasaba conmigo, mi cuerpo no dejaba de temblar, y supuse que era porque era un principiante en el puterío. Nunca di tantas vueltas a ese burdel como aquella primera vez. Al principio estuve convencido que sí había putas que no parecían putas, y esperaba que, con un poco de suerte, pudiera encontrar a una que se pareciera a, por eso me fijaba bien en cada chica que asomaba por las puertas que aún estaban abiertas, y en aquellas que se abrían tras la fugaz salida de un parroquiano (pensé que, tal vez con más suerte, podía encontrar a una que no sólo se pareciese, sino que fuera). Se escuchaba una música romántica de fondo que me disgustaba; le dije a Beto que era bastante estúpido que pusieran ese tipo de música en un lugar como ese, donde pensar en el amor está demás. Cansado de dar tantas vueltas, me decidí a entrar en cualquier cuarto, pero no me podía decidir en cuál. Parecía como si esperara encontrar la mujer adecuada para esa ocasión. Al parecer quería encontrar alguien que se le pareciese bastante. Había dos chicas que compartían su misma clase de belleza. Una más joven, en cuya puerta ya se había formado una cola, y otra, que parecía tener más experiencia pero sin llegar a ser vieja, que estaba en el primer cuarto del pasadizo derecho, cerca a la entrada, y que, para mí era inexplicable que atrajera a muy pocos parroquianos. Ella era Giannina. Justo cuando pasábamos por el pasadizo de la izquierda, Hiro salió del cuarto de la bailarina, frotándose las manos ruidosamente; nos dijo que le resultaba excitante tirar con la que había salido a bailar, decía que le arrechaba verlas bailar para todos y luego tirar con ella en su cuarto. Se le notaba cansado y se fue a sentarse en los sillones al pie del escenario. Dimos una vuelta más con Beto, y creo que hasta volví a preguntar por segunda vez a las mismas chicas, lo que esperaban que todos les preguntaran. En una de esas vueltas al local, se nos cruzó un tipo, moviendo los brazos en actitud desafiante, el pecho hinchado, y la cara llena de tics; Beto me dio un codazo y me dijo que ese era el “dueño del circo”. Esa fue la primera vez que vi a ese hijo de puta. Cuando pasamos por el primer cuarto del pasadizo derecho miré fijamente a Giannina, ella me sonrío, y me pareció familiar esa sonrisa. Llegamos otra vez al escenario y ya había otra chica que comenzaba a bailar y a desnudarse. Hiro estaba con los brazos cruzados observando, seriamente, sentado en uno de los sillones; la chica bajó del escenario a coquetear con el publico, se dirigió a donde estaba Hiro y se le sentó encima, se dio un par de sacudidas y se dirigió hacia otro lugar para hacer lo mismo; luego de que todo ese cuerpo semidesnudo se le quitara de encima, Hiro se frotó una de sus manos, pues —como después nos contaría en el chifa— se encontraba casi dormitando cuando se dio cuenta que un par de nalgas venían a estrellarse sobre su cuerpo y el instintivamente sacó una mano para evitar el golpe, sin presagiar que todo el voluptuoso cuerpo de esa bailarina tendría la suficiente fuerza para doblegar no sólo su mano, sino cualquiera otra parte de su cuerpo que hubiera querido salir a detenerlo. A Beto y a mí nos causó gracia la escena, pero no estuvimos defraudados por Hiro, no se comportó como muchos que cuando ven acercarse a una de esas bailarinas a su sitio comienzan a sudar frío, la verdad era que Hiro había estado a las alturas de las circunstancias, porque pese a que tenia una mano doblada, pudo meter la otra por entre las piernas de la bailarina, casi por instinto. Ya me había dado cuenta que Beto esperaba que yo entrara primero, ya comenzaba a sospechar que no sabía nada del asunto, y a desconfiar que yo me animaría a entrar. No me agradó la idea de hacer cola para tirar con una mujer. Me decidí finalmente por Giannina. Fui hacia su puerta y le pregunté lo que ella esperaba que le preguntara, acercó su boca a mi oído y me dijo lo que yo no esperaba que dijera. Hasta ese momento no había escuchado una voz tan suave decirme cuán lasciva podía ser. Acepté la propuesta, entré en su cuarto, vi a Beto que ya había sacado la cuenta que era la primera vez que entraba al cuarto de una de esas chicas, y cerré la puerta. Me pareció extraño que una chica como ella —que para mí era muy bonita— no tuviera tanta demanda como las demás; pensé que tal vez, su tipo de belleza dentro de tanta belleza, podía llegar a no distinguirse, a pasar casi desapercibida, lo que no ocurriría, por ejemplo, si alguien la viera en la calle, donde a un hombre jamás se le pasaría por la cabeza la posibilidad de que una mujer de ese tipo de belleza podría hacer lo que ella hace, porque sólo habría una posibilidad para cualquier hombre que la viera en la calle: enamorarse perdidamente de ella. Tal vez en un sitio como ese, donde había tantas chicas bonitas como ella, podía pasar casi desapercibida para todos los tipos que recorrían el lugar, pues ellos la tenían muy clara respecto a la situación de esas chicas, por eso cuando pasaban por su puerta, apenas se fijaban en ella. A mí me atrajo más que las demás porque algo en ella me parecía familiar, no sólo porque me sonrío la primera vez que la miré fijamente, sino porque sus ojos, sus cabellos, su piel, podían hacer que se le parecira tanto, sin forzar demasiado mi mente. Pensé que tal vez ella tenía el tipo de belleza que a un tipo como yo le atraería irremediablemente, es por eso que apenas la vi presentí que sería ella. Giannina me dio un beso, se presentó y me preguntó mi nombre, le di uno falso, y me pidió el ticket y el dinero. El dinero se lo di de inmediato, pero porque no sabía nada del asunto, no sabía qué ticket darle; le mostré todo lo que me habían dado en la entrada, un par de boletos, un vale, incluso el condón —que juré que ni loco usaría en un sitio como ese—, ella me explicó cuál era, y nunca más lo olvidé. | 
15/10/07, 22:35:29
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| | [Giannina] (Continuación) Me dijo que me desnudara y ella no tardó en quitarse lo poco que tenía puesto. Pude ver todo su cuerpo desnudo, de golpe. En ese momento recién me pude dar cuenta que eso sería algo muy diferente de lo que había estado acostumbrado; no habría los primeros roces excitados, las frágiles negativas, aquellas caricias que se volvían cada vez más incisivas, ni los besos que buscaban besar no sólo la boca sino toda la piel, no habría el descubrimiento progresivo de la desnudez ajena cuando en el silencio y en el interior de los ojos se presumía el consentimiento de hacerlo, para con más libertad, continuar con los besos y caricias sobre todo el cuerpo desnudo, hasta el momento en que se volviera imperiosa la conjunción corporal, ante los balbuceos ininteligibles que pregonaban el deseo de hacer eso y todo lo que en el sublime ardor de la pasión se permitiera hacer. Pero esa vez no sería lo mismo, me desnudaba en silencio, mientras ella sacaba el condón que me habían dado en la entrada —el mismo que había jurado que ni loco usaría, porque ni marca tenía, y que era mejor, si me animaba, usar el que Beto me había dado, uno de marca más conocida y más confiable, para que me protegiera por completo de alguna ellas—. Pero no se lo di porque dentro de la habitación ni me acordé que tenía en los bolsillos de mi pantalón otro condón, no pensaba en otra cosa que tratar de hacer lo que ella esperaría que un tipo hiciera dentro, y pensando en ese asunto me terminé de desnudar, cuando ella ya me esperaba con el condón en la mano. Me incorporé y ella se puso de cuclillas, me colocó el condón y comenzó a chupármela, con movimientos suaves y casi forzados, que parecía como si lo estuviera haciendo por pura obligación; luego de un momento me preguntó porque no se me paraba, yo le dije que no lo sabía —aunque sí lo sabía—, y volvió a chupármela otra vez, un poco más rápido, con un poco más de ganas. La verdad era que todo en esa habitación ocurría de una forma tan diferente a lo que me había acostumbrado que ocurriese. Pero cuando ella empezó a fastidiarse porque no se me paraba, aunque me la estaba chupando con más ganas, me dije que ya me debía hacer la idea que en lo sucesivo nada volvería a ser lo mismo. Me echó sobre la cama y se puso encima. La luz del fluorescente del cuarto caía sobre sus cabellos y no me hacia distinguir su rostro. Pensé que esa piel y esos cabellos serian suficientes para que mi mente pudiera reconstruir a otra persona y hacer que se le pareciera bastante. La piel blanca de Giannina me podría hacer recordar otra piel que alguna vez había tocado y besado, cuando los deseos de posesión de su cuerpo hacían que mi corazón palpitara como loco, al igual que el de ella, cuando sus pechos se juntaban a los míos, y nos mirábamos fijamente, mientras nuestros cuerpos se sacudían por la pasión desbordada, y juntaba mis labios a los suyos para callar algo que diría, para que ella no dijera que lo quería, porque lo sabía, y callar de mi boca que la quería, porque ella lo sabía, pero que poco le importaría al fin de cuentas. Esos cabellos podrían oler tan bien como los de ella, cuando se acercaba a mí y comenzaba a besar mi cuello, podían tal vez tener ese mismo olor que a veces cuando vuelvo a sentir hace que inevitablemente la recuerde, y piense en ella, aunque sepa que no valga la pena. Puse a Giannina sobre la cama, abrió sus piernas y pude verle el sexo, arrebolado entre sus pliegues, y me hizo recordar el sexo de ella, del que jamás me quería desprender, ni siquiera cuando ya amanecía y tenía que llevarla a su casa, y sobresaltada se levantaba de la cama, asustada por los primeros rayos del sol que se asomaban por la ventana, apurada en vestirse y en pedirme que la llevara a su casa, porque sus padres otra vez le harían problemas, y yo me sentaba sobre la cama para vestirme con tranquilidad, mientras la veía, divertido, buscando los vestidos que ella había dejado durante toda la noche, desperdigados en la habitación que habíamos llenado con toda nuestra lujuria. Penetré a Giannina y le miré el rostro fijamente, un recuerdo vino a mi mente, volví mi vista hacia un lado y ese recuerdo se esfumó. Tal vez no debía forzar tanto mi mente para que se pareciera a ella. Pero parecían tener la misma mirada cansina, las facciones delicadas del rostro, la piel limpia y clara, los cabellos lacios y negros. No necesitaba hacer mucho esfuerzo para imaginar volver a penetrar el cuerpo de ella, que consentía y lo quería, callando las palabras con un beso prolongado, en el silencio sólo alterado por nuestros jadeos desaforados, y silenciar las palabras de amor que suelen decirse, en un momento de enajenación, cuando uno parece desprenderse del cuerpo y transformase en un ente meramente sensorial, capaz de alcanzar algo más allá de lo material, aquello que no se describe ni se explica, que se siente y no se dice nada más. Giannina podría parecerse tanto a ella, sin necesidad de forzar demasiado mi mente, podía realmente vivir en esa habitación la ficción de tenerla nuevamente, de convencerme de que nada había pasado entre los dos, y que ella volvía a entregarse, como siempre lo había hecho, con todo el arrebato que la fricción de nuestros cuerpos desnudos sabía incrementar hasta el infinito. Pero en un momento de conciencia, supe que eso jamás volvería a ser, que aunque compartiesen la misma claridad de la piel, los cabellos lacios y negros, la mirada cansina y las delicadas facciones del rostro, había algo que nunca mi mente podría llegar a reproducir, había algo que no tenía Giannina por lo que jamás haría que se pareciera a ella, le faltaba algo esencial, lo más importante de ella: ser ella. Me senté sobre la cama a vestirme, mientras empezaba a pensar en que tal vez nunca debí haber entrado en ese lugar. Sentí un insoportable vacío interior. Giannina se dio cuenta de la situación —porque ellas finalmente siempre saben, siempre sabrán lo que a un hombre le pasa mucho antes de que éste sepa lo que le sucede—, se sentó a mi lado, mientras terminaba de vestirme, y me empezó hablar como si fuera mi amiga, o como si quisiera serlo, y me pareció como si ella hubiera sentido compasión de mí, y me tratara de ayudar de alguna forma. Pero yo no quería que alguien tuviera compasión de mí, y la rechacé, no quería tener ninguna relación con ninguna de ellas, no quería saber nada de ella, aunque se pareciera tanto a ella, y quizás precisamente por eso, no quería nada de ella. Salí del cuarto sin despedirme, me dirigí hacia el escenario y ahí estaban Beto y Hiro, mis amigos, al fin de cuentas. Me senté junto a Hiro y escuché que anunciaban a la próxima que iba a salir a bailar. Subió una chica con una lencería de color rojo sangre. La chica era realmente bella, como muchas del lugar, era alta, delgada —no tan voluptuosa como es ahora—, aunque tenía buen cuerpo, me entretuve en ver su rostro; se ponía seria cuando bailaba, pensé que tal vez ellas también podían tener vergüenza. La chica terminó de bailar, se cubrió con una toalla sus pechos y bajó del escenario. Beto se incorporó y nos dijo que ya era hora de irnos. Pasé por la puerta de Giannina, la vi de reojo, se me quedó viendo mientras me iba; no la quería ver, ni a ella ni a ninguna mujer más, no la quería ver, sobre todo, porque se parecía a alguien que ya no quería volver a ver. Mientras salía recordé que tuve que usar ese condón que me dieron en la entrada, y que quizá no había sido suficiente para protegerme de ella. La verdad que no me im | |