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31/12/07, 16:36:07
| | Soldado | | Fecha de Ingreso: sep 2006
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| | | Feliz año Antes que termine el año no quiero dejar la oportunidad de agradecer a todos los cofrades que han leído y comentado “Las invictas”, en especial a Falcon-X y Alex Alonso. También quiero desear a toda la cofradía un feliz año nuevo y que todos sus sueños se cumplan. En lo que a mí respecta, espero, por fin, el próximo año dar la sorpresa con la publicación de un libro sobre literatura puteril, que espero sea de su agrado. A continuación les presento “Un insoportable vacío interior” en seis entregas que, espero, sean semanales. Esta historia antes fue publicada en un lugar que no vale la pena recordar. Un fuerte abrazo a todos los cofrades, E. Dedalus. | 
31/12/07, 16:52:03
| | Soldado | | Fecha de Ingreso: sep 2006
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| | | Un Insoportable Vacío Interior [1] A Conti le causó bastante sorpresa enterarse que no había vuelto desde hace seis meses. Quise compartir su asombro, pero para mí no era tan sorprendente. Uno aprecia las cosas desde el punto de vista desde donde se encuentre. Para mí esos seis meses no me habían significado demasiadas privaciones. Había tenido del sexo sensaciones más intensas y placenteras que alguna vez hubiese tenido en ese lugar. Como respuesta a la sorpresa de Conti, me puse a pensar en todo lo que había vivido en esos seis meses. El transcurrir del tiempo también puede ser percibido de modo diferente dependiendo del lugar en que uno se encuentre. Ese lapso de tiempo no hubiera tenido para mí mayor importancia si todo hubiera permanecido como antes. Pero al pasar por la fachada del burdel, buscando estacionamiento, se me ocurrió que tal vez seis meses era el tiempo suficiente para que las cosas cambiaran bastante en un lugar que no se caracterizaba precisamente por su inmovilidad. No tenía por qué sorprenderme por mi ausencia de seis meses. Hasta mediados del año pasado en mi vida había estado ni siquiera por las inmediaciones. Había oído de ese burdel, sí; ya no era un adolescente, sabía que había detrás de ese nombre tan mentado, pero nunca me había interesado conocerlo. La primera vez que pisé ese lugar tampoco me lamenté no haberlo conocido antes. Llegué, pues, con las cosas bastante claras. Pensándolo bien, hubiese sido distinto si lo hubiera conocido años antes, cuando un paquete de condones marca “sultán” me causaba la misma duda que los misterios del corazón del hombre; pero en el momento en que llegué por primera vez a conocer ese burdel, ya sabía que hacer con un condón, dónde y cómo ponerlo, y dónde y cómo colocarlo ya puesto. Hubieron tantas veces más que volví desde esa primera vez, que ya ni idea tengo de las veces que fueron. La segunda vez me acompañó Sorín. Esa historia podría gustar. Un sábado por la tarde, después de la pichanga, dos muchachos solitarios no tenían la menor idea qué hacer en el resto del día; hasta que a mí se me ocurrió volver, y él se interesó en conocerlo, porque, aunque era un putero ampliamente reconocido en nuestra facultad, no tenía la menor idea de dónde quedaba el chongo en cuestión. Yo tampoco recordaba exactamente dónde quedaba, desde la última vez —la primera vez— sólo sabía que, en algún lugar de la Colonial, Farías metió su auto en una calle oscura y luego de avanzar unas cuadras nos estacionamos frente a un inmueble que tenía la apariencia digna de un chongo caleta o una chingana de mala muerte. De esa primera vez me quedó un vale por tres lucas —descuento generoso que el Chino, regente del burdel, daba a los parroquianos para un trago o su próxima visita— que guardé en el compartimiento más caleta de mi billetera. ¿Por qué?, no lo sé, siempre que hago alguna cosa por primera vez de lo único que estoy seguro es que lo volveré hacer. Tal vez quería tener un recuerdo de esa primera vez, aunque quizás hubiese sido mejor no conservar nada, para olvidarlo por completo. Ese vale por tres lucas —que me dieron junto a un condón, de dudosa procedencia, y un par de tickets, de los que uno haría entrega a la puta de esa ocasión y el otro lo desecharía amargamente a pocas cuadras antes de llegar a mi casa— no consignaba ninguna referencia exacta ni en la Colonial ni en la Argentina, sólo un par de números telefónicos. Nadie a quien preguntamos —un cobrador, una vendedora de golosinas y una tomba— sabía dónde quedaba esa calle, y como no quería arriesgarme en indagar en las más de cuarenta cuadras que debía tener la Colonial le dije a Sorín que llamara a uno de esos números. Con la referencia exacta, tomamos una combi y ya dentró empecé a experimentar esa ansiedad tan típica que siempre volvería a sentir en los momentos previos de volver. La última vez que salí de uno de esos cuartos juré no regresar en un buen tiempo. El sexo en esas condiciones puede llegar pronto a cansar. Había comenzado a odiar salir de esa forma del cuarto de una mujer. Y tras salir del burdel —lo peor de todo—, una extraña sensación de que había perdido más de la cuenta. No tuve un buen servicio la última vez, porque esa sensación que a veces sentía al salir lo tuve justo cuando me esperaban con las piernas abiertas para entrar en acción. Salí empinchado. Había ido solo y no tenía auto, me salía más barato tomar combi en la Colonial y como estaba empinchado me fui caminando por esa calle tan silenciosa y oscura, sin importarme ningún posible atraco, total, ya estaba pelado. Es verdad que esa extraña sensación es inevitable cuando las cosas no te salen bien después del puteo. Puede ser que te hayas equivocado con la puta y al verla desnuda te hayas arrepentido de entrar en su cuarto, o puede ser que la puta no haya sido lo suficientemente buena actriz para hacerte creer que vivía intensamente el momento, o puede ser que hallas tenido demasiados problemas en la cabeza que te impidieron meterte de lleno en la ficción. Sea lo que fuere, debió de ser muy fuerte ese sentimiento que hizo que no volviera en seis meses a pisar ese burdel, y ni siquiera a pasar por las inmediaciones. | 
31/12/07, 16:55:10
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| | | Cuando salí esa última vez, hace seis meses, estaba realmente empinchado. Ese fastidio me duró unos días, hasta que pensé en volver otra vez. Pero quise mantener la promesa de no volver por un buen tiempo. Esa privación no fue tan dramática pues comencé a tener del sexo sensaciones más intensas y placenteras que alguna vez hubiese tenido antes. Sin embargo, había tenido las suficientes experiencias y sensaciones en ese lugar como para, a pesar de todo, sentir cierta nostalgia. Y eso fue lo más difícil. Entonces, supe que tenía que hacer algo al respecto. Y recordé. Cuando apreciaba la exuberante fisonomía de Jennifer, ocupada en atender a una fila de arrechos que no le daba el menor respiro, pensé que tal vez una mujer como ella podría protagonizar una historia de ficción—con toda su irrefutable belleza y en toda su inevitable degradación—; cuando veía a un tipo tan repulsivo como el Chino dando vueltas en el lugar, se me ocurrió que tal vez él podría ser un buen personaje para un relato —con toda su capacidad para concentrar todos los odios y todas las corrupciones—; cuando veía a los parroquianos con las miradas perdidas, distraídos con tantas mujeres llenas de voluptuosidad y lujuria, caminar ansiosos por los pasadizos de un lugar lleno de música estridente —para callar algunos gritos fingidos o inútilmente reprimidos—, cargado con un aroma artificial a flores —para difuminar el olor natural de los fluidos y secreciones corporales—, pensé que tal vez un lugar tan sórdido y degradante como ese y todas sus gentes podrían ser lo suficientemente interesante para un escritor y una historia. Así, pues, en esos seis meses de ausencia, me puse a escribir relatos inspirados en ese burdel y sus gentes, no tanto porque alguna vez pensé que valiera la pena, sino porque realmente sentí nostalgia. Me puse, entonces, a escribir, al principio, sobre algo que no se me había podido ir de la cabeza. Una imagen. No fue difícil escribir un párrafo de más o menos diez líneas. Eso fue lo primero que escribí. Luego me di cuenta que ese párrafo podría estar acompañado de otros más, que, aunque no estuvieran relacionados directamente entre sí, podrían dar una visión en conjunto; pensé que tal vez podría escribir una historia inspirada en ese burdel y sus gentes. Los diferentes párrafos –que correspondían, en su gran mayoría, a diversos recuerdos que tenía–, dieron como resultado un cuento intencionalmente fraccionado en el que porfiaba por contar una historia que no debía decirse claramente, para no quedar en evidencia ante los demás. Desde el primer cuento descubrí que podía mitigar las ganas de volver materializando literariamente algunos momentos que había vivido en ese burdel. A través de la literatura pude, de alguna forma, recrear aquellas aventuras puteriles que llegué a realmente extrañar —con todos los matices de exageración y minimización que sólo la literatura puede dar a los hechos reales—. Y lo hice porque, sobre todo, tenía que decirlo. Después que escribí el último cuento me sentí bastante satisfecho, no porque estuviese contento con el resultado —nunca estaría contento de eso—, sino porque lo que tenía que decir ya lo había dicho, y no se había quedado oculto como la ignota producción del artista desconocido, sino que intencionalmente lo había difundido de la manera más conchuda posible. De vuelta al burdel después de seis meses, sentí que el ambiente en el interior se había vuelto más claustrofóbico —sobre todo en el pasadizo más oscuro—. No sé qué mierda había hecho el Chino que uno sentía que en algún momento las paredes y el techo se iban a venir encima. Antes de hacer una parada estratégica en el baño, le dije a Conti para dar una vuelta de rigor. No vimos casi nada. Muchas puertas estaban cerradas y lo poco que vimos no era como para detenernos a mirar mejor y a preguntar lo de siempre. Más tarde cuando estuvimos viendo el show de una de las chicas sobre el escenario, me di cuenta de los detalles en el techo. Sólo el Chino sabe por qué hizo poner figuras en bajorrelieve en una parte del interior que nadie se detiene a mirar. La chica terminó de bailar y los aplausos fueron bastantes dispersos. El espectáculo fue malísimo. Di una vuelta en solitario. Ni rastros de las chicas a las que me hubiera gustado ver —Jennifer, Giannina, Shantall—,en cuyos cuartos sabía que no volvería a entrar, pero que todas maneras me hubiera gustado verlas después de tanto tiempo. Prendí un cigarrillo y apoyé mi espalda en la pared frente al bar. Aburrido. Conti no era una buena compañía. Lo cierto era que no teníamos ningún tema en que detenernos a discutir y pasar el rato. Creo que si viviésemos los dos solos, en una misma casa, a ninguno de los dos se le ocurriría eliminar al otro. La distancia espiritual que puede haber entre dos personas es suficiente para que ninguno crea ver en el otro a un rival o a un amigo. Me volví a ver en dirección de la entrada y vi un personaje vestido completamente de jeans negro arrastrando pesadamente su existencia. Otros tipos que estaban recostados en las paredes del pasadizo también voltearon a verlo y siguieron con la vista su paso cansino hasta que desapareció en una puerta oculta al costado del bar. Sólo lo vi una vez, lo reconocí y chupé mi cigarro mirando hacía otra parte. Pasó por mis narices y recordé que alguna vez escribí algo sobre él. No me volví hacia otro lado porque haya sentido temor. La verdad es que no quise ver un espectáculo tan patético. En otras ocasiones cuando me cruzaba con él en los pasadizos —con su cara llena de tics y su pecho hinchado, moviendo los brazos de manera desafiante— alzaba la mirada, mientras, desde mis adentros le lanzaba una buena mentada de madre. Ahora no valía la pena ni siquiera putearlo. Se le veía acabado. Un chino joven hueveaba en el bar. Tal vez el Chino ya presentía el final. Es así en este negocio. Las personas pasan. El puterío queda. | | Herramientas | Buscar en Tema | | | |
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