Estoy con Jiper tomando un café. Hablamos sobre un proyecto que tenemos desde hace un tiempo y que soñamos con darle vida. Estamos concentrados o por lo menos eso es lo que pienso, porque de repente Jiper interrumpe.
Ya, ahora escribe sobre las calentonas. Estoy harto de ellas, las odio. Me toma un tiempo entender de qué está hablando.
- ¿Qué? – le digo.
- En tu blog, escribe sobre las mujeres que se pasan la vida calentando a los hombres. ¿No te parece un buen tema? – Jiper toma café y levanta los ojos para mirarme.
Suelto una risita y luego me quedo en silencio. Vuelvo a repetir las palabras de Jiper en mi cabeza y vuelvo a sentir la angustia con la que las dijo; fue como si hablara de algo que le hacía mal pero que no podía dejar. Y entonces empiezo a sentir culpa. Es una culpa extraña, tardía. Jiper, sin darse cuenta, me acaba de revelar algo que yo ignoraba: cuando a un hombre lo calientan, no sólo lo joden sino lo hieren. Y entonces recuerdo cuando yo fui alguna vez una caprichosa seductora que ilusionó a alguien con una suma de juegos totalmente innecesarios.
Era más chica, trato de excusarme, pero la culpa sigue y los ojos de Jiper que se mueven de un lado a otro tampoco ayudan.
Me pregunto si todas las mujeres llevamos esa manía como parte de nuestro género. ¿O seremos sólo algunas las desgraciadas? ¿Tiene que ver con la edad? ¿Es un rasgo de la adolescencia o se magnifica con el tiempo? ¿Qué es lo que pretende una típica calientahuevos? ¿A dónde quiere llegar?
Si tuviese que definir al prototipo de la calentona empezaría por su físico, tiene que ser guapa o por lo menos tiene que creer que lo es. Huele muy bien, su olor es parte de su veneno. Camina mirando al frente, siempre con una sonrisita dulce pero a la misma vez perversa. Es un lobo disfrazado de oveja. Apela a recursos infalibles, como las trencitas o las llamadas de madrugada. Combina sensualidad con inocencia. Se acerca y se aleja, como un columpio. Y siempre escapa de los interrogatorios. Es buena guardando silencio.
De todas formas hay muchas clases de calentonas; están las que juegan sólo con la sexualidad, las que te hacen pensar que las vas a llevar a la cama para vivir las fantasías más prohibidas, cuando en realidad terminas dejándola en la puerta de su casa, sin siquiera haber recibido un piquito de consuelo. Pero esas "hotties", diría yo, son las más inofensivas. Las peligrosas son las que juegan con los sentimientos, las que hacen creer que existe una posibilidad de formar algo, cuando en realidad esa posibilidad es nula. Las que enamoran sin enamorarse. Esas son las que hieren y las que hacen que los ojos de Jiper se muevan de un lado a otro con angustia.
Entonces hablemos de ellas, de las calentacabezas, de esas que seguramente no tienen una remota idea de lo que quieren de la vida y mucho menos de un hombre. Hablemos de ellas, vulnerables en su máxima potencia; ambiciosas por demostrarle al otro quién domina a quién, quién tiene la batuta y sobretodo quién no la tiene. Qué siniestro todo; con razón la culpa.
Probablemente ella se considere y se haga llamar “tu amiga”. Puede bailar toda la noche contigo y puede ser lo suficientemente cruel como para hacerte algún que otro cariñito, sólo para dejarte aún más desesperado. Todo lo que hacen lo tienen maquinado y lo que dejan de hacer, también.
Antes de que aparezca en los comentarios, lo digo yo. Los hombres también calientan y también hieren. Pero me atrevo a decir que una mujer que ilusiona con esos fines puede ser mucho más cruel en su estrategia que un hombre. La malicia es un lado de la inteligencia que las mujeres la tenemos más desarrollada, no es un dato, es una teoría mía, lo digo a título personal. Algunos coincidirán conmigo, otros no. Y es que tengo esta imagen en la cabeza de una mujer muy guapa ilusionando a un hombre, con un pasado no tan exitoso en lo que a las mujeres respecta. El pobre con una sonrisa de lado a lado pensando:
la hice, por fin!
Jiper es mi amigo y me duele verlo así. Tal vez por eso escribo este post, o tal vez lo hago para disminuir la culpa que siento por haber herido alguna vez a alguien con mis jueguitos. De verdad que si pudiese volver el tiempo atrás, no los jugaría. No tengo ningún recuerdo de satisfacción o de placer de esas mañas. Por eso quiero rectificarme aunque sea tarde, ofreciéndoles un par de verdades sobre esas calentonas que muchas mujeres llevamos dentro y de vez en cuando las dejamos salir. Primero y principal tienen que entender que una mujer que te calienta la cabeza, probablemente nunca va a estar contigo, a no ser claro que le des vuelta a la tortilla. Un rasgo característico de la calentona es que cuando la ignoras, se confunde, se desespera y se acerca. El problema está en que cuando vuelvas a acercarte probablemente ella se vuelve a alejar. Y así empieza el juego de nuevo. Entonces si estás enredado en esa telaraña, deja la terquedad a un lado y da un paso al costado, porque si no lo das tú, dudo que ella lo haga. Entiende que tú le sirves para mucho, eres el que la acompaña cuando está sola y el que la ayuda cuando necesita algo. Así de feo, así de cierto.
No gastes el tiempo con alguien que juega contigo, mejor gástalo con alguien que te quiera siempre y no cuando le provoque. Y no trates de darle ninguna lección porque la vida solita se encargará de dársela. Ya habrá algún desgraciado que se las haga pagar (confía, porque de esos abundan). Tampoco la tildes de mala persona, su comportamiento tiene más que ver con su inmadurez y una dosis exagerada de engreimiento. Finalmente creo que no está demás enfrentarla y decirle lo que piensas de su actitud. A veces no nos damos cuenta del daño que hacemos y necesitamos que alguien no los diga en la cara. Yo tuve que esperar años para darme cuenta, por medio de Jiper, que calentar a veces es mucho más que dejar con ganas a alguien y que los juegos se juegan de a dos y no de a uno.
¡Qué vivan las refrigeradoras!
Encontré dos comerciales. El primero demuestra lo cruel que puede llegar a ser una mujer con tal de salirse con la suya. El segundo vendría a ser una rica venganza para esos que se creen que con un par de movidas pueden tener a quien quieran a sus pies. Demasiada soberbia nunca es buena.
fuente: el comercio
PD: buen articulo, el cual debo confesar qe tmb fui victima anteriormente de estas "calientahuevos" pero todo se aprende en esta vida.